Foto de Clàudia
Pandora abriendo la caja y dejando escapar lo único que quedaba preso en ella. Llegamos tarde y nos sentamos al final de la clase. Para molestar. Para que nos dejen en paz. Para hacernos notar. Para vivir. Para revivir.
viernes, 18 de octubre de 2013
lunes, 14 de octubre de 2013
Audrey
A Audrey no le gusta lo
que esta tarde le devuelve el espejo. También es normal, acaba de despertarse
y sus ojos aún no se han abierto del todo. No tiene ganas de hacer nada que
no sea volver a la cama pero realizar las tareas pendientes. Piensa en la noche que
le espera con sus amigas, en la cena y lo que vendrá después. Eso la alivia un poco y la anima para emprender el día.
A Audrey no le gusta lo
que esta madrugada le devuelve el espejo. También es normal, acaba de llegar de
una noche desfasada y aún siente los efectos del alcohol. No le gustaba verse
maquillada. Tiene el pelo muy desordenado y el pintalabios corrido. Esta
vez no piensa, se mueve por impulsos. Toma agua del grifo fría, se lava la cara
y se quita el maquillaje. Decide salir a correr para desquitarse del fracaso
amoroso y sexual de la noche.
A Audrey no le gusta lo
que esta mañana le devuelve el espejo. También es normal, acaba de llegar de
hacer ejercicio. Cerca de una hora alternando correr con caminar que se suma a una noche que empezó muy pronto y se alargó hasta entonces. Se desnuda, tira la ropa al cesto y se mete en la ducha.
A Audrey no le gusta lo
que este mediodía le devuelve el espejo. También es normal, acaba de salir de
la ducha, la piel está arrugada y el vapor inunda el baño. Tiene el labio
inferior algo inflamado de tanto mordérselo.
Se quita la toalla y junta sus pechos. Se resigna con un soplido y se
dice a si misma: “demasiado pequeñas”. Se gira y se viste con esmero para empezar a hacer las tareas de casa.
A Audrey no le gusta lo
que esa tarde le devuelve el espejo. También es normal, acaba de comer, tiene unas ojeras preocupantes y los aparatos llenos de restos de comida. Se queda mirándose un largo tiempo. Quizás sean unos pocos segundos pero se le
hacen muy largos. No había nada en aquella persona que le gustase. Se
analiza paso por paso, sus ojos, su sonrisa, sus orejas, sus hombros… Deja escapar otro soplido y se resigna.
A Audrey no le gusta nada
de lo que le devuelve el espejo. También normal, nunca había hecho nada para
cambiar lo que veía. Jamás se había propuesto modificar su vida ni aquello
que la rodeaba. Se volvió a mirar al espejo y se recogió el pelo. Inspira. Odia la chica que se reflejaba cada día en
ese espejo. Se mira una vez más, cierra el puño y golpea el cristal hasta romperlo. “Para
empezar a cambiar mi mundo”, se dice convencida.
jueves, 3 de octubre de 2013
Carta abierta
No sé muy bien como empezar esta carta. Tampoco tengo nada concreto para explicarte, es solamente que... No sé, hay un impulso que va dando vueltas alrededor del planeta y que me empuja a escribirte alguna cosa. Cualquier cosa. Igual se trata de que soy consciente de que nos estamos perdiendo en un mundo de sombras. No nos engañemos, nuestra relación se deteriora por momentos y a pasos agigantados. Hemos perdido esa esencia especial que nunca supimos que era, esa comodidad y aquella simple complicidad que no necesitaba de palabras. Pienso a menudo en como podrían haber ido las cosas si en lugar de enviarte esas cartas hubiese abordado a tu ser cual pirata a un barco mercante. O si nunca te hubiese dicho nada. O si no hubieses entrado nunca en aquella sala abarrotada de gente con un grito estridente que hizo que todos los presentes nos diéramos cuenta de tu presencia. A veces creo que todo es una artimaña del destino, que hay un motivo irrefrenable que lleva a dos personas a cruzar sus caminos, por muy lejanas que estuviesen estas en un principio. No es normal que alguien decida mantener una serie de mensajes con un auténtico desconocido que termina recogiendo un pañuelo de seda que se cae por pura casualidad. Una coincidencia que me llevó un día a cambiar mi típico café con leche por una botella de agua pequeña. Si quieres que te sea sincero, cuando te vi salir de clase con tantas cosas encima supe y entendí al momento que ese sería la primera vez que íbamos a tener contacto. Al día siguiente volvimos a hablar. Recuerdo que era primavera, con un frío que cortaba la piel a primera hora y calor estival cuando llegaba el final de las clases. Yo sabía que ibas a buscarme. Me gusta pensar que unas fuerzas universales e imparables hicieron que una persona se cruzara con otra (tú y yo) en la realidad correcta. Igual he leído demasiado Murakami durante los últimos meses, o quizás sean los apuntes guardados de filosofía que tengo esparcidos por la mesa o simplemente que empiezo a replantearme muchas cosas, entre ellas el lugar donde vivo. Quieras o no, llega un punto en la línea temporal en el que todo implica un punto de inflexión. Y soy consciente de que tengo uno de esos puntos cerca de mi vida, que se acerca sin que nada ni nadie pueda hacer de freno. No sé porque escribo todo esto, la verdad. Igual es que necesito dejarlo plasmado y sentirme vivo cuando alguien lea estas palabras. A mi me gustaría que todas estas frases desfilen por delante de tus ojos y te hagan sacar esa sonrisa que enamora. Quizás ese sea mi anhelo pero no montaré ningún drama si nada de lo que imagino termina sucediendo. Últimamente, contigo lejos me siento menos yo que de costumbre. Como en la historia del hombre y el pozo... ¿La conoces? Mira, es un hombre que decide bajar por una cuerda a un pozo acompañado únicamente de una botella grande de agua y cuatro caramelos de limón. El pozo está seco y en la más quieta oscuridad él se apoya contra la pared y empieza a palpar lo que es su rostro, su cuerpo... Y así se conoce a si mismo físicamente y gracias al tacto. Lo bueno de todo esto es que aquel loco descubrió cosas de él que no conocía o que no se imaginaba así. ¿Lo harías alguna vez si pudieses? No, seguramente no. Yo tampoco lo he hecho ni tengo pensado hacerlo pero igual no es mala idea. Me sabe mal la posición donde me hallo en el presente. Me refiero a mi lugar entorno a tu ser. No sé como demonios he llegado hasta aquí pero ahora te siento muy lejana a mi, inalcanzable.
Vaya. No me he fijado en la parrafada de tonterías que te estoy soltando. Tantas palabras para terminar diciendo nada. Seguramente, si llegas a leer algo de esto te preguntarás si va por ti u otra, o quizás no entiendas absolutamente nada. En todo caso, tampoco pretendo hacerme entender. Simplemente creo que nuestra relación ha bajado muchas marchas. Me invade la sensación de que hemos quemado todas nuestras naves muy rápido. Tan rápido que creo ahora tenemos las manos vacías de presente y llenas del pasado. En fin... No molesto más. Nunca me ha gustado malgastar tu tiempo ni tampoco ser demasiado insistente. Espero no haberte aburrido demasiado, y menos a ti que debes de estar ocupada con mil y una preocupaciones. Y yo aquí acompañado de mis tonterías y mi ego. Un beso enorme y regala sonrisas que hacen mucho bien. Un abrazo desde donde sea que estés que ya no sé si está lejos o cerca de ti.
domingo, 29 de septiembre de 2013
Sin nada que perder
Veo las agujas del reloj avanzando sin piedad. Suena el tic tac sin remordimiento alguno a aquellos que no sabemos hacer nada más que perder cosas, incluso aquellas cosas que no nos pertenecen como el tiempo. Libros se amontonan, los antebrazos tatuados con palabras, las paredes de la habitación escrita de arriba a abajo con frases, ideas que planean y una inspiración que danza con la última de mis esperanzas encima de un folio en blanco. Intento crear algo más que frustración, despejar las nubes de soledad aprovechando la enésima oportunidad que me dan. Sacarle punta a la vida y correr tinta con relatos cortos e intensos, seguir escribiendo y muriendo poco a poco, esperando a que las pilas del reloj se terminen para poder perder la noción del tiempo; escribir todo mi dolor para ser capaz de disfrutarlo, resignarme a lo que soy y limitar mi existencia al si condicional. Amar con locura que es la única forma de poder amar, viajar a una dimensión paralela y una realidad escondida entre mil verdades para buscar mi yo y plasmarlo en el papel antes de cruzarme con ella por última vez deseando asomarme al abismo de su ser y precipitarme sin arnés por el hueco de su persona.
Cuadro El Tiempo de Clemente Gómez Acevedo.
sábado, 24 de agosto de 2013
viernes, 12 de julio de 2013
Entre el caos
Es la
mirada. Esos ojos negros, achinados e indiferentes pidiendo a gritos que me
suicide para que puedan ser libres. Es el gesto amable desaparecido entre las
ruinas de un cuerpo plagado de dudas y de miedos, de sentimientos cobardes y de
instintos salvajes deseando despellejar cada rincón de amor que sobrevive. Es
el momento, la noche tierna, la luna que se alza dominando el cielo. La muerte
del rey del castillo cuyo cadáver descansa flotando a la deriva en el caudaloso
río. La sonrisa que desaparece y las lágrimas que llevan tu nombre. La gente
que se añora y las personas que se quieren, los dedos que juguetean entre
ellos, los brazos que se interponen. ¿Quién eres? El pelo rojo fuego, la marca
de lo que un día fueron granos, las cejas perfectas y las pestañas disimuladas.
La marioneta que abre los ojos mirando al techo de la habitación, el trago del
agua amarga que ofrece el diablo, los sueños que se desvanecen entre la bruma
como humo de cigarro en el aire. Nubes, estrellas, nebulosas y planetas que
empequeñecen al ser más ínfimo de la galaxia. El mal gusto de la saliva, el
color negro sobre negro, la pizca de esperanza que se llevó la brisa una mañana
de primavera. El invierno desesperado por no verte desnuda y el cuarto
movimiento de una sonata sin nombre. Las palmas de la mano que revelan el
futuro que ya no existe, el don de ser autónomo y la obligación de ser libre.
¿Quién es ese que sonríe al otro lado del espejo? El sabio que no teme al
saber, la muerte que no teme al dolor, la vida que no teme al error. Maniquíes
de la moda que se mezclan en un rebaño. El ser diferente, extraño, incomprendido…
No importa. El individuo que es yo gracias a pequeñas partes de un tú. Quizás
la inspiración madrugadora llena de tatuajes y emborrachada de si misma para
olvidar penas. Tantos escritores la maltrataron, tantos pintores la ignoraron,
tantos muertos la añoraron… El humor de una tarde lluviosa, la pérdida de
aquello que no se tuvo jamás. El niño de cinco años que marchó para no volver,
el don que nunca floreció y los versos que jamás se cantaron ni contaron.
Poetas de la vida sucumben a la tristeza para buscar la felicidad jamás
hallada. Inspiración que se escapa en el último aliento de un rey moribundo.
Hoy va a ser un buen día.
Cuadro La Noche Estrellada de Vincent van Gogh.
martes, 28 de mayo de 2013
Mil palabras y una guerra (o el valor del escritor)
Si la grandeza no invade el cuerpo del escritor cuando
coge la pluma y decide hacer lo único que sabe con absoluta certeza, nunca lo
hará. En ese papel en blanco deja algo más que palabras y allí, al fondo del
armario, amontonado y escondido tras las ropas de invierno encuentras todo lo
que significa agarrar un bolígrafo y llenar de historias un cuaderno a cuadros
de tapa dura. Tachones, colores, frases, palabras, ideas incompletas, versos
escondidos… Estados de ánimo. Ahí está al desnudo más bello posible para
alguien que jamás volverá a hacerlo, la magia de leer entre líneas y esperar
encontrar lo que nunca se perdió. Escondido en mentes, absurdas realidades se
solapan con ficciones reales… Ahí anda el humano sin ropas ni maquillajes,
navegando a la deriva en un periplo sin fin, yendo de un lado a otro recordando
relatos cortos de Márquez y breves versos de Neruda que siguen flotando en las
solapas de libros viejos y de páginas amarillas. Quisiera ser el escritor un
ser más sociable, más persona pero ¿cómo serlo tras leer a Bukowski? Se antoja
un antojo de embarazada la posibilidad de ser algo más que un ser físico. La
piel recubre las entrañas mientras las emociones corren en la intemperie
buscando un refugio de metal. Cuando el sin sentido cobra sentido entiende el
hombre que todo es un sin sentido. La lógica imperante se desvanece, las
rígidas leyes empleadas anteriormente se quiebran y los mismos escritores se
marchitan con agua de mayo si la inspiración no les visita. Que no es una
manera de decirlo simplemente, es el arte de decirlo con palabras precisas y
sin dar rodeos (o dando muchos) para terminar no diciendo nada. Tantos
pensamientos que mueren al cerrar los ojos, preocupaciones que no se marchan y
poetas que se pudren bajo tierra tras escribir los cantos más bellos del mundo.
Ahí, en el mismo sitio se encuentran Dumas, Verne, Lorca y Bécquer. Sin
posibilidad de volver a verlos atareados con una sonrisa y disfrutando de
aquello que les hizo grandes. Y sin quererlo, el escritor, fuera quien fuera, está
realizando lo mismo que ellos una vez hicieron, entrando en la misma categoría
que las figuras inmortales repletas de gusanos. Luces y sombras sueñan con
sonidos y ruidos venidos desde lejanos países, el nexo de unión de todos los
amantes de la literatura. Cuestión de gustos y de placeres, es el escritor una
marioneta de su propio yo, aquel que le impulsa a sentir el hedonismo más puro,
ya sea con papel o pantalla, con lápiz, teclado o delante de un micrófono. Es
un intento del hombre en conocerse un poco más, de seguir indagando por la
consciencia de uno mismo, de seguir sorprendiéndose de sus gustos y sus
aficiones, descubriendo esos pequeños detalles que acaban marcando la
diferencia entre lo bueno y lo mejor. Quizás no se necesite más que tiempo y el
paisaje adecuado… Montones de libros sin leer, un ordenador y el silencio
inexistente, pensamientos que abordan la mente cual barco pirata y corsarios
vestidos de letras que entran hasta el fondo de tu persona para obligarte a
pensar. Asalto de temores y dudas, difíciles de explicar y fáciles de esconder,
gente resolviendo problemas por si solas, personas que no tienen solución a sus
problemas… Mira el escritor tan bello paisaje con tan horrendos elementos que
lo forman, pues del caos más absoluto nace la belleza más pura aunque todo
depende de los ojos que la miren. Posiblemente tenga el hombre una actitud
predecible a los hechos, muchos dictados por los cánones culturales impuestos
desde hace siglos y siglos, dejando muy claro quien forma nuestro yo: todo es
yo. Aquel muchacho del tren, la chica de clase con la que no dirige palabra o la
mujer de sonrisa agradable que vende medicamentos. No darle vueltas al asunto
podría ser una posible solución o vía de escape… Pero ¿para qué? ¿Es acaso el
hombre una persona más alegre o está más contento sabiendo quién es y hacia
dónde se dirige? ¿No es acaso la incertidumbre parte del trato con la vida? Lo
que hay en la vida es lo que pertenece a cualquier ser humano, ni más ni menos,
aquello que comparte y experimenta. No sabe el escritor (ni bueno ni malo)
definirlo de ninguna manera. Igual que nadie puede dar una explicación factible
sobre las emociones y los sentimientos. Más bien, nadie puede decir cuando se
llega a ese punto porque nadie puede saber que mierdas es lo que estamos
experimentando en dichos momentos. ¿Cómo sabe un compañero que su mejor amigo
está enamorado? ¿Cómo reconoce este al amor? Si alguien formulase preguntas así
en voz alta le tacharían de loco quizás, de pesimista o de filósofo. Pensar no
está de moda, reflexionar mucho menos. Pero ahí está, todo ese mundo que rodea
al escritor, de banales acciones y palabras, de seres que odian mojarse y van a
la playa, personas que critican la MTV mientras bailan sus canciones en una
discoteca de mala muerte. Y si se toma el escritor un respiro verá que su faena
va mucho más allá: es el escritor además de artista un inventor de mundos, un
filólogo de emociones, un Rodin de carne, una mera estación en el oasis más
absoluto, capaz de hacer soñar a una cantidad ingente de personajes mientras
disfruta de la vida. ¿Y qué más puede hacer? Informar, expresar, sensibilizar,
ayudar… En la palabra erradica la fuerza del escritor pues en ella están las
almas de antiguos trovadores medievales, las de don Quijote y Sancho Panza
recorriendo una tierra creada por Tolkien y narrada por Dostoievski. Ahí está
la clave de la vida del escritor, retroalimentándose de sus propias obras y de
las ajenas, descubriendo estilos y moralejas escondidas. Lo que el escritor no
sabe es cuánta fuerza tiene la palabra que emplea. Lo único que sabe es que una
imagen no vale más que mil palabras y que estas siempre ganan en las guerras.
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