miércoles, 13 de noviembre de 2013

Entierro

  Metió todos sus muñecos dentro de su vieja mochila que usó en su etapa colegial. Juntó todas las libretas llenas de frases escritas por sus manos y las tiró al contenedor azul. Ahí mismo fueron sus libros de sociales, naturales, lenguas y matemáticas que le habían acompañado durante la primaria. Los álbumes de portadas alegres y que tanto esfuerzo le había costado confeccionar acabaron en la basura. Recogió las numerosas prendas de ropas y se las llevó al vecino del primero para que su hijo las aprovechara. Con mueca seria y unas sandalias bajó al barrio y empezó a regalar sus colecciones de cromos, chapas y canicas. Guardó todas las fotos en una caja de zapatos y la escondió en un lugar del cual jamás volvería a acordarse. Dejó todos sus sueños abandonados en la cuneta más cercana y asesinó a los monstruos que vivían debajo de su cama. 

  Mató al niño que llevaba dentro y empezó a sentirse totalmente vacío.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Confesiones a la vieja usanza [III]: El precio del tiempo

  Siete días pueden pasar de muchas maneras dependiendo del contexto. No es lo mismo un minuto a solas que un minuto sin ti. Y así con millones de ejemplos más. El contexto resulta determinante para el paso del tiempo de una manera u otra. El reloj miente constantemente y el calendario me resulta totalmente innecesario si quiero vivir el presente. Ambos son solamente el resultado de esa fea costumbre que tiene el ser humano de querer medir todo aquello que le rodea para tener así una cierta apariencia de control sobre lo incontrolable, porque el tiempo no se puede controlar de ninguna manera, igual que tampoco se puede medir en su justa medida: el concepto del tiempo es algo banal e insustancial en todos los ámbitos teóricos posibles. Es algo que pasa y pasa, y nadie lo puede detener, ni hacerlo retroceder o hacerlo avanzar más rápido. ¿Se han imaginado alguna vez el fin del universo? Dejarían de existir las personas (buenas y malas), los animales y cualquier organismo vivo, el pasado sería destrozado y no habría futuro. Nadie podría leer los versos de Espronceda ni se volvería a oír la trilogía del Anillo de los Nibelungos de Wagner. Inutilizadas quedarían teorías como las de Einstein o Freud, a la vez que Maquiavelo perdería todo sentido. Se derrumbaría la torre Eiffel y nadie admiraría El Grito de Munch. La Sirenita se llenaría de polvo y se iría deteriorando hasta desaparecer y la películas de James Dean no evocarían emoción alguna. La Tierra terminaría siendo engullida y todo el universo tras ella, como si un gran agujero negro se lo zampase de un solo bocado. Nada quedaría para recordar, nada quedaría para olvidar. Incluso la esperanza sucumbiría ante tal desastre irremediable. Y en cambio, en esa absoluta nada que resulta ser inimaginable para cualquier hombre, el tiempo seguiría transcurriendo como si nada hubiese ocurrido, ajeno a toda desesperación y en medio del vacío total. La única diferencia erradicaría en que no habría nada ni nadie que pudiese medirlo: nada de relojes, teléfonos o calendarios... El tiempo, entonces, se transformaría en lo único existente en ese vacío. Pero aún sin ese control, seguiría atado a su destino que no es otro que seguir avanzando eternamente, ya no como segundo o como minutos si no como tiempo en todo su conjunto. Lo que desaparece son todas las medidas que atan al tiempo y que sirven para catalogarlo en un sitio u otro, en una zona u otra de la línea temporal que nos ata a la vida. Se pierde la capacidad de crear puntos fijos, situaciones irreversibles a la vez que desaparece el presente, el pasado y el futuro. Nadie podrá modificar su paso lento, como si de un reo condenado a muerte atravesase un pasillo infinito que le lleva al sitio donde se le condenará.

  Planteado de este modo quizás resulte un tanto desordenado, confuso y poco claro. Pues bien, nada podría evocar mejor (en el supuesto que resultase confuso) a mi yo en estos momentos. El tiempo puede pasar tantas veces como quiera que a uno no debería importarle. Lo importante tras tanta parafernalia filosófica y reflexiva, es lo que se hace en ese lapso de tiempo, sea cual sea la medida, sea cual sea la ubicación. Lo único que nos pertenece es nuestro presente y la capacidad de realizar cosas por nuestra cuenta. Lo voy a intentar simplificar: el tiempo no nos pertenece y jamás lo hará porque es algo que compartimos con el resto del universo aunque desconozcamos de su existencia. Lo que es nuestro es lo que ocurre dentro del tiempo. Un minuto como ente es algo vació, irrelevante. Un minuto son sesenta segundos. ¿Y qué son sesenta segundos? Pues son y serán lo que uno decide hacer en ese tiempo. No tiene sentido hablar de horas si no de lo que sucede dentro, y nadie puede darle valor a ese concepto fuera de nosotros y lo que hacemos, ya sea con gente o a solas. No importa donde estés ni adonde vayas, el minuto siempre será el mismo en su forma y solamente variará su contenido según el context que uno decida.

  Y ahí van mis motivos. Yo he vivido cada uno de esos motivos con una mezcla entre melancolía y nostalgia traicionera, regada con abundante tristeza. Pero entre tanta desolación siempre hay cosas que se pueden rescatar. Sonrisas, abrazos, un café o el sol de noviembre. Esta no va a ser la mejor etapa de mi vida si me quedo quieto, igual que este tampoco será el escrito más bello del mundo. Tampoco pretendo ni una cosa ni la otra. Es más una imperiosa necesidad que tengo de gritar y ponerme a divagar por los almacenes de mis recuerdos. Un montón de teorías que quizás algún día, a alguien que existe o existirá, le pueden llegar a interesar. Soy plenamente consciente de que hay cosas imposibles de medir o simplemente no hay motivo para hacerlo. Igual que hay cosas que son complicadas de transmitir aunque uno lo intente una vez tras otra. Yo he nacido con la suerte de poder escribir por placer y vivir acurrucado en una cuneta esperando a que la inspiración me llegue y me lleve a paisajes hasta ahora desconocidos. Y la inspiración aparece como tantas otras cosas, como un antojo de embarazada que sin saber el motivo está ahí y existe. Igual que millones de coses que no hemos visto y que nunca hemos llegado a imaginar. Cantidades ingentes de personas que pasean en calles poco visitadas. No sabemos el porque ni tampoco tendremos pruebas de ello, pero allí están, con sus pensamientos y sus historias.

  Y el ser humano aparece en la historia con su vana pretensión, en una ceguera y atado a un complejo de Dios de proporciones imposibles de concebir, intentando entrar en las entrañas del tiempo sin darse cuenta que las herramientas que ha creado lo siguen midiendo de forma inexacta. Tan inexacta que incluso sin funcionar podrían acertar dos veces como un reloj parado lo hace con la hora. Un día todo ello desaparecerá, los minutos, las horas, los días y los siglos de los siglos quedaran vacíos de historia, de sucesos. Entonces será cuando el tiempo se manifieste en su más pura e infinita expresión.




martes, 22 de octubre de 2013

Amor declarado al baloncesto

 A Matías 

  Pues no, no lo sabía. ¿Cómo iba a saberlo? ¿Cómo iba ni tan siquiera imaginar lo que se me venía encima el día que caíste en mis manos? No había forma humana de conocer todo lo que acarreaba acariciarte, las consecuencias de quedar contigo sin cita previa o de amarte a espaldas de otras parejas que tanto me querían. Atracción instantánea que se fue fortaleciendo poco a poco, día tras día. Quizás la lluvia nos privó de algunas de las mejores noches y el sol molestó nuestros momentos más íntimos, pero nunca nos separamos. Y a medida que dábamos pasos al frente más grande me hacías, más me dabas y más enseñabas. Fui mejor persona de lo que yo jamás hubiese pensado. Dejé de sentirme como uno más entre toda esa gente que pasea sonámbula por calles y plazas para volverme alguien especial. Nunca me fallaste, ni en los buenos ni en los malos momentos. De hecho, tú me proporcionas los mejores y los peores ratos de mi jodida vida. Pero ¿qué le voy a hacer? Pues aguantarme, seguir contigo, obsesionado por cada una de tus curvas y enamorado de tu sombra.

  Sin duda alguna, no lo podía saber. A veces las cosas suceden y ni te planteas lo que vendrá después. Tal vez sea porque me importa una mierda. Me vale renunciar a la mitad de las cosas que tengo a cambio de la mitad de las que tú me das. Ahí quedan tantos recuerdos y otros tantos que vendrán. Y yo esperando con los brazos abiertos a que vuelvas a traerme más sonrisas, más lágrimas y más personas.


  ¿Cómo demonios iba a saberlo? No existe forma humana de anticiparse. Bendigo el día en que te cogí con las dos manos, te abracé y te juré amor eterno.  ¿Cómo no iba a hacerlo después de todo lo que me has regalado, baloncesto? ¿Cómo?

Foto de Bogdan Blanco.

viernes, 18 de octubre de 2013

lunes, 14 de octubre de 2013

Audrey

  A Audrey no le gusta lo que esta tarde le devuelve el espejo. También es normal, acaba de despertarse y sus ojos aún no se han abierto del todo. No tiene ganas de hacer nada que no sea volver a la cama pero realizar las tareas pendientes. Piensa en la noche que le espera con sus amigas, en la cena y lo que vendrá después. Eso la alivia un poco y la anima para emprender el día.
  A Audrey no le gusta lo que esta madrugada le devuelve el espejo. También es normal, acaba de llegar de una noche desfasada y aún siente los efectos del alcohol. No le gustaba verse maquillada. Tiene el pelo muy desordenado y el pintalabios corrido. Esta vez no piensa, se mueve por impulsos. Toma agua del grifo fría, se lava la cara y se quita el maquillaje. Decide salir a correr para desquitarse del fracaso amoroso y sexual de la noche.
  A Audrey no le gusta lo que esta mañana le devuelve el espejo. También es normal, acaba de llegar de hacer ejercicio. Cerca de una hora alternando correr con caminar que se suma a una noche que empezó muy pronto y se alargó hasta entonces. Se desnuda, tira la ropa al cesto y se mete en la ducha.
  A Audrey no le gusta lo que este mediodía le devuelve el espejo. También es normal, acaba de salir de la ducha, la piel está arrugada y el vapor inunda el baño. Tiene el labio inferior algo inflamado de tanto mordérselo.  Se quita la toalla y junta sus pechos. Se resigna con un soplido y se dice a si misma: “demasiado pequeñas”. Se gira y se viste con esmero para empezar a hacer las tareas de casa.
  A Audrey no le gusta lo que esa tarde le devuelve el espejo. También es normal, acaba de comer, tiene unas ojeras preocupantes y los aparatos llenos de restos de comida. Se queda mirándose un largo tiempo. Quizás sean unos pocos segundos pero se le hacen muy largos. No había nada en aquella persona que le gustase. Se analiza paso por paso, sus ojos, su sonrisa, sus orejas, sus hombros… Deja escapar otro soplido y se resigna.

  A Audrey no le gusta nada de lo que le devuelve el espejo. También normal, nunca había hecho nada para cambiar lo que veía. Jamás se había propuesto modificar su vida ni aquello que la rodeaba. Se volvió a mirar al espejo y se recogió el pelo. Inspira.  Odia la chica que se reflejaba cada día en ese espejo. Se mira una vez más, cierra el puño y golpea el cristal hasta romperlo. “Para empezar a cambiar mi mundo”, se dice convencida.

jueves, 3 de octubre de 2013

Carta abierta

  No sé muy bien como empezar esta carta. Tampoco tengo nada concreto para explicarte, es solamente que... No sé, hay un impulso que va dando vueltas alrededor del planeta y que me empuja a escribirte alguna cosa. Cualquier cosa. Igual se trata de que soy consciente de que nos estamos perdiendo en un mundo de sombras. No nos engañemos, nuestra relación se deteriora por momentos y a pasos agigantados. Hemos perdido esa esencia especial que nunca supimos que era, esa comodidad y aquella simple complicidad que no necesitaba de palabras. Pienso a menudo en como podrían haber ido las cosas si en lugar de enviarte esas cartas hubiese abordado a tu ser cual pirata a un barco mercante. O si nunca te hubiese dicho nada. O si no hubieses entrado nunca en aquella sala abarrotada de gente con un grito estridente que hizo que todos los presentes nos diéramos cuenta de tu presencia. A veces creo que todo es una artimaña del destino, que hay un motivo irrefrenable que lleva a dos personas a cruzar sus caminos, por muy lejanas que estuviesen estas en un principio. No es normal que alguien decida mantener una serie de mensajes con un auténtico desconocido que termina recogiendo un pañuelo de seda que se cae por pura casualidad. Una coincidencia que me llevó un día a cambiar mi típico café con leche por una botella de agua pequeña. Si quieres que te sea sincero, cuando te vi salir de clase con tantas cosas encima supe y entendí al momento que ese sería la primera vez que íbamos a tener contacto. Al día siguiente volvimos a hablar. Recuerdo que era primavera, con un frío que cortaba la piel a primera hora y calor estival cuando llegaba el final de las clases. Yo sabía que ibas a buscarme. Me gusta pensar que unas fuerzas universales e imparables hicieron que una persona se cruzara con otra (tú y yo) en la realidad correcta. Igual he leído demasiado Murakami durante los últimos meses, o quizás sean los apuntes guardados de filosofía que tengo esparcidos por la mesa o simplemente que empiezo a replantearme muchas cosas, entre ellas el lugar donde vivo. Quieras o no, llega un punto en la línea temporal en el que todo implica un punto de inflexión. Y soy consciente de que tengo uno de esos puntos cerca de mi vida, que se acerca sin que nada ni nadie pueda hacer de freno. No sé porque escribo todo esto, la verdad. Igual es que necesito dejarlo plasmado y sentirme vivo cuando alguien lea estas palabras. A mi me gustaría que todas estas frases desfilen por delante de tus ojos y te hagan sacar esa sonrisa que enamora. Quizás ese sea mi anhelo pero no montaré ningún drama si nada de lo que imagino termina sucediendo. Últimamente, contigo lejos me siento menos yo que de costumbre. Como en la historia del hombre y el pozo... ¿La conoces? Mira, es un hombre que decide bajar por una cuerda a un pozo acompañado únicamente de una botella grande de agua y cuatro caramelos de limón. El pozo está seco y en la más quieta oscuridad él se apoya contra la pared y empieza a palpar lo que es su rostro, su cuerpo... Y así se conoce a si mismo físicamente y gracias al tacto. Lo bueno de todo esto es que aquel loco descubrió cosas de él que no conocía o que no se imaginaba así. ¿Lo harías alguna vez si pudieses? No, seguramente no. Yo tampoco lo he hecho ni tengo pensado hacerlo pero igual no es mala idea. Me sabe mal la posición donde me hallo en el presente. Me refiero a mi lugar entorno a tu ser. No sé como demonios he llegado hasta aquí pero ahora te siento muy lejana a mi, inalcanzable. 
  Vaya. No me he fijado en la parrafada de tonterías que te estoy soltando. Tantas palabras para terminar diciendo nada. Seguramente, si llegas a leer algo de esto te preguntarás si va por ti u otra, o quizás no entiendas absolutamente nada. En todo caso, tampoco pretendo hacerme entender. Simplemente creo que nuestra relación ha bajado muchas marchas. Me invade la sensación de que hemos quemado todas nuestras naves muy rápido. Tan rápido que creo ahora tenemos las manos vacías de presente y llenas del pasado. En fin... No molesto más. Nunca me ha gustado malgastar tu tiempo ni tampoco ser demasiado insistente. Espero no haberte aburrido demasiado, y menos a ti que debes de estar ocupada con mil y una preocupaciones. Y yo aquí acompañado de mis tonterías y mi ego. Un beso enorme y regala sonrisas que hacen mucho bien. Un abrazo desde donde sea que estés que ya no sé si está lejos o cerca de ti.
  

domingo, 29 de septiembre de 2013

Sin nada que perder

  Veo las agujas del reloj avanzando sin piedad. Suena el tic tac sin remordimiento alguno a aquellos que no sabemos hacer nada más que perder cosas, incluso aquellas cosas que no nos pertenecen como el tiempo. Libros se amontonan, los antebrazos tatuados con palabras, las paredes de la habitación escrita de arriba a abajo con frases, ideas que planean y una inspiración que danza con la última de mis esperanzas encima de un folio en blanco. Intento crear algo más que frustración, despejar las nubes de soledad aprovechando la enésima oportunidad que me dan. Sacarle punta a la vida y correr tinta con relatos cortos e intensos, seguir escribiendo y muriendo poco a poco, esperando a que las pilas del reloj se terminen para poder perder la noción del tiempo; escribir todo mi dolor para ser capaz de disfrutarlo, resignarme a lo que soy y limitar mi existencia al si condicional. Amar con locura que es la única forma de poder amar, viajar a una dimensión paralela y una realidad escondida entre mil verdades para buscar mi yo y plasmarlo en el papel antes de cruzarme con ella por última vez deseando asomarme al abismo de su ser y precipitarme sin arnés por el hueco de su persona.

Cuadro El Tiempo de Clemente Gómez Acevedo.