jueves, 18 de junio de 2015

Querida Diana (parte II)

  El maldito trabajo de verano me tenía hasta las narices. Me estaba cansando de tratar con idiotas e imbéciles a partes iguales, de gente que no paraba de hacer comentarios sin gracia, grotescos y de persones que se creían los reyes del mundo. Me empezaba a joder todo, la música de los 40 que sonaba durante toda la jornada laboral. Lo peor sin discusión alguna era poner buena cara, usar palabras amables y tratar bien a clientes que eran unos auténticos capullos integrales. Eran las peores diez horas de la historia porque la tortura empezaba tan pronto salía por la puerta de la casa y no terminaba hasta que me quitaba el uniforme. Cada noche antes de acostarme pensaba que no podía ser peor pero el destino era caprichoso y me mostraba que no hay nada imposible. Al cabo de un par de semanas me acostumbré y terminé pensando en cuan malo iba a ser el día siguiente y en cuántos idiotas me iba a cruzar. Esos eran mis pensamientos que se agolpaban en mi cabeza en mis horas libres. La mayoría de veces la ducha se los llevaba con el sudor acumulado, otras se quedaban durmiendo en mi cama, acurrucados a mi y haciéndome pasar una calor terrible. 

  Tras conocer a esa chica mi rutina cambió ligeramente. Sus ojos azules casi blancos y su mirada me habían penetrado hasta lo más hondo de mi conciencia. Salí del trabajo con la cabeza gacha. El sol empezaba a esconderse y la calor iba dejando paso a la insoportable humedad de las cortas noches de verano. Justo al salir tenía la mente absolutamente en blanco aunque tras caminar unos metros me encontré indagando en mi memoria, tratando de recordar cada curva de la figura de esa chica, algo a parte de sus ojos azules casi blancos que me habían cautivado. La vi con esa sonrisa de disculpa y con esa expresión alegre, con esos gestos que llamaban la atención, esa presencia que congelaba el espacio y obligaba a la gente a dejar cualquier cosa que estuviese haciendo para mirarla. Mi cabeza fue dando rodeos absurdos con preguntas que no iban a tener respuestas. Me acordé de sus tres acompañantes. Había un chico joven que no pude describir pero que imaginé era su pareja, su novio. Lo maldije en voz baja, susurrando, como si necesitase oírme para saber que pensaba eso de verdad. Cuando me di cuenta del tiempo que había invertido en estos pensamientos me vi enfrente del espejo con el pijama puesto y el cepillo de dientes en mi mano izquierda. Genial, había perdido toda la tarde por culpa de unos desconocidos. Los volví a maldecir mientras me metía en la cama y deseé no tener que volverlos a ver nunca más. 

  Mis deseos no fueron escuchados por nadie y me la encontré a primera hora. Llevaba unos tejanos cortos y una camiseta abierta desde la axila hasta la cintura. También lucía unas Converse azules y un pañuelo totalmente blanco. La escena era muy pintoresca. Estaba ella en mitad de una pequeña plaza en plena mañana sin que nadie pudiese molestarla. Tenía los ojos posados en un edificio, un bloque de pisos normal y corriente. Había como mil bloques de pisos como ese, quizás eran más altos, más bajos, de color amarillo o de color blanco pero esa chica miraba admirada y con expresión de incredulidad el edifico que se alzaba delante suyo. Con la piel de gallina, daba la sensación de que estaba observando algo que fuese a pasar a los anales de la historia, como si del David se tratase. Miré durante un rato aquello que había traído toda su atención y no encontré nada especial. O ella estaba estudiando arquitectura y había algo espectacular que escapaba a mi entendimiento o era una persona profundamente gilipollas que se había enamorado de un piso feo, ennegrecido por la lluvia y sin balcones. Tras un instante de vacilación, vi que aquello no iba conmigo y que no me importaba lo que esa chica estaba haciendo con su vida así que recogí mis pensamientos, los guardé y recuperé el camino al trabajo. No fui muy lejos sin que alguien me estirase del brazo. Me sobresalté y di un paso atrás con el fin de protegerme. En el brusco giro que hice casi tiro a la persona que me había agarrado. Cuando levanto la vista, esa chica me estaba sonriendo. Parecía especialmente contenta no sé si por verme o por haber descubierto el piso de antes. La miré de arriba abajo. Tendría no más de dieciocho años. Estaba rebosante de energía, iba dando saltitos mientras señalaba el edificio y me iba lanzando preguntas rápidas que no llegaba a comprender. Y haberlas entendido hubiese sido incapaz de responderlas en un lapso de tiempo tan corto. Con una sacudida me quité su mano de encima y me largué. Justo antes de girarme vi lo que era una cara triste, parecía una niña pequeña decepcionada por no tener lo que buscaba. 

  La verdad, no quería herirla pero tampoco quería estar con ella. Su presencia me abrumaba. Además la escena era bastante violenta y podía dar paso a malentendidos. ¿Qué hacia yo con esa chica agarrada del brazo en mitad de la calle? No, yo pasaba de esos rollos. Me fui alejando de ella sabiendo que me estaba siguiendo con la mirada, esperando a que me girase. Yo sabía que no iba a hacerlo. No tenía nada que decirle y tampoco quería tener algo de decirle. Pero ella no opinaba igual así que antes de que pudiese desaparecer del mapa, ella lanzó un mensaje al aire:

- ¡Diana!

  Me paré un segundo y seguí andando. Y así fue como Querida Diana terminó entrando en mi vida. 

jueves, 11 de junio de 2015

Querida Diana (parte I)

  Su figura destacaba entre la muchedumbre que iba pasillo arriba pasillo abajo de aquél pequeño supermercado. El establecimiento no era muy grande y tenía lo justo: una sección de alimentos, una de limpieza, una de higiene y poca cosa más. Me encontré dando la espalda a la caja de la cual me ocupaba mientras la miraba con una mezcla de devoción y envidia. Un cliente me sorprendió clavando sus ojos y murmurando algunas palabras de rabia. No sé cuanto llevaba ahí y no me importaba. Ni le miré, pasé sus productos y le solté el precio con cara de asco. Ella se había perdido por alguna esquina pero sabía que tarde o temprano la iba a enfrentar. Al cabo de unos siete minutos atendiendo la vi al final de la fila, hablando con sus acompañantes. Vestía un vestido blanco y verde claro, un pañuelo azul y calzaba unas sandalias que parecían salidas del vertedero más cercano. Era horrenda mezclando colores. Vaya si lo era. 

  Pasados tres clientes le llegó su turno. Fue sacando las cosas del carro poco a poco sin que los demás le prestasen demasiada atención. Quizás se habían acostumbrado a su presencia. Levanté la vista y vi que iba acompañada de un chico de unos veinte años, bastante alto, quizás cerca del metro noventa y ojos marrones claros. Fuera de su altura no tenía nada que llamase la atención. También iba con un señor que supuse que era el padre de algunos de los dos jóvenes (o de los dos). Era canoso y se movía con cierta lentitud, como si le pesase la cámara de fotos que llevaba. La mujer no paraba de mirar el teléfono y de girarse metiendo prisa a sus acompañantes. Iba con una pamela pasada de moda y una camiseta roja horrenda. Me dije que su gusto se parecía al de la chica que seguía atareada sacando la compra así que debían de ser familia por narices. 

  Pasé los productos por el cristal con desgana, esperando a que sonase el pitido que hace toda cinta de supermercado cuando lee el código de barras. Atendí que habían comprado multitud de comida para picar y productos de higiene personal. Y una caja de condones que me quedé mirando como si de un Picasso se tratase. Noté que ella me miraba pero no tenía ganas de cruzarme con nada ni nadie en esos momentos. No la conocía, no sabía quien era y no me gustaba un pelo. De fondo sonaba una canción pop de los 40 lo cual hizo que la escena no mejorase en absoluto. Les dije el precio final y los cuatro se quedaron mirándome fijamente con una sonrisa de amabilidad. Claro, no entendían el idioma supuse. Malditos turistas.Les giré la pantalla con el precio para que lo viesen e inmediatamente después sacaron sus monederos y carteras y empezaron a discutir supuse sobre quien demonios iba a pagar. No habían tenido tiempo antes para zanjar el asunto que lo tenían que hacer en mitad de la cola que se alargaba por momentos. Quise decirles algo pero aquella chica me sorprendió. Estaba quieta mirándome, con el grupo sin formar parte de él. Se encogió de hombros y me dedicó una sonrisa cargada de disculpa, avergonzada por lo que estaba haciendo. Yo me quedé mirándola un buen rato, tenía unas facciones bastante marcadas, unos pendientes en forma de hoja de roble y unos ojos azules que por momentos se transformaban en blancos. Agachó la cabeza un rato después como si hubiese tenido miedo de que yo le hubiese leído los pensamientos o algo por el estilo. Sentía que en ese momento todas las miradas del supermercado se posaban en ella. El grupo seguía hablando, a veces muy serios, otras más alegres, insistiendo unos sobre los otros. El resto éramos espectadores de ese perfecto lienzo donde ella encarnaba a la Libertad que años atrás pintó Delacroix. Yo no sabía si formaba parte de todo aquello. Hubo un instante en que me pareció estar en sintonía con la chica que iba lanzándome ráfagas de miradas. Nunca se volvieron a cruzar nuestros ojos. Quizás habían pasado tres minutos, quizás tres años o quizás tres siglos pero me di cuenta de que el chico estaba tratando de pagarme y parecía que llevaba un rato intentándolo. Los miembros que formaban parte de la cola tampoco parecían haberse percatado de él. Recogí el dinero y les devolví el cambio. Entonces la pintura se transformó en película, ella salió impoluta y de forma majestuosa y así se perdió calle abajo. Yo seguí tratando clientes sin quitarme de la cabeza ese vestido blanco y verde que había sido tejido para la ocasión.

sábado, 30 de mayo de 2015

Confesiones de biblioteca (VII)

No todo el que escribe es escritor pero el escritor debe escribir para considerarse como tal.


Cuadro de Albert Anker

miércoles, 13 de mayo de 2015

El chico que creció de golpe

El chico que creció de golpe nunca sintió la soledad como algo suyo, ni siquiera la veía como algo real y posible. Andaba siempre entre distintas personas, nunca había sentido el dolor y viajaba con el corazón desnudo, con la sonrisa pura de un niño. Pese a que se hacía mayor el mantenía sus ilusiones y sus sueños intactos. No tenía miedo a nada, no se asustaba y seguía teniendo esa dulce ingenuidad de quien se sabe feliz. Una tarde de otoño, cuando caían las primeras hojas y se sacaban las bufandas, el chico que creció de golpe descubrió que era el dolor. De camino a su casa un par de jóvenes le atracó a plena luz del día. Apenas tenía un par de monedas y una bolsa de comida pero fue suficiente para experimentar algo de miedo. Cuando llegó a casa se miró al espejo y se dijo que iba a ser más precavido a partir de ahora. Con el corazón envuelto en paja, el chico que creció de golpe siguió paseando por su pueblo, más precavido pero con la misma sonrisa. Andaba cauto pero seguía conociendo personas y sitios, seguía enamorándose de paisajes y libros mientras miraba a derecha e izquierda. Una noche de invierno el chico que creció de golpe se encontró con sus padres llorando desconsolados en el salón. Desconcertado se preguntó a que venían tantos lloros. Apenas pudieron responder cuando su mundo se empezó a venir abajo poco a poco. Y él quieto, atado por unas enormes cadenas de hierro que le impedían salvar todo lo que quería. El destino sopló y voló la paja que recubría su corazón sincero. El chico que creció de golpe no pudo nunca despedirse de su hermano, ni en las numerosas pesadillas en las que él perseguía a aquella silueta que tantas veces le había defendido y tanto le había dado. Tardó en recomponerse. Ahora conocía al dolor, le había mirado a la cara y le había saludado. Incluso llegaron a tener roces de madrugadas. Sentía el miedo y aquella gente que le rodeaba en gran número fue disminuyendo. Se había vuelto más rudo, más triste, más agresivo. Había días en los que quería desaparecer de la faz de la tierra y no volver a sonreír jamás. Su corazón quedó cubierto por tablas de roble recién talado y entraba aquel que obtenía el permiso del chico que creció de golpe. Volvió la primavera, volvieron las flores, los brotes de las hojas, las golondrinas y el sol que cegaba. Llegó la alegría a las calles, las terrazas se llenaban de chicas con vestidos estampados y chicos que las devoraban con la mirada desde el bar de enfrente. Se veía a gente leyendo en los parques y el renacer del pueblo con sus fiestas. Era normal patear las calles estrechas para llegar a la feria, comprar manzanas caramelizadas y algodón de azúcar. En el ambiente de extrema felicidad que se vivía el chico que creció de golpe se sentía más arropado pese a que también notaba el peso de la soledad desde que su hermano partió. La relación con sus padres se había vuelto más fría y apenas podía contar con nadie. Se sentaba cerca de algún árbol mientras miraba la multitud de transeúntes disfrutar de la vida. Una mañana de esa primavera triste, el chico que creció de golpe supo que era estar completamente solo. Aquella mañana sus padres quemaron la casa con ellos en el interior. Miraba la escena estupefaciente, casi como si fuese mentira. Iban las llamas avanzando y el retrocediendo poco a poco hasta que le dio la espalda a su hogar y conseguir arrancar una carrera que iba a ser el largo camino de la huida que nunca debería haber sido como tal. Los vecinos lo miraban, sus antiguas compañías le señalaban con el dedo, no podía oírles pero sabía bien que se compadecían de él, de todas las desgracias seguidas que le tocó vivir, de como la alegría partió en barco y naufragó, de como la felicidad voló con alas de Ícaro y terminó estrellándose contra el suelo. Los pasos del pasado ya no pisaban tan fuerte, no iba a comerse el mundo, no miraba la la luna buscando su sonrisa. El destino volvió a soplar con fuerza y derrumbó esa casa de madera donde su corazón se había refugiado. Largo tiempo pasó de la última visita que recibió o  así lo sentía él. Construyó una casa de cemento para que su corazón pudiese llorar solo, sufrir y aprender a estar solo. Numerosas personas tocaron a su puerta pero nunca volvieron a saber de él. Y el chico que creció de golpe no dio símbolos de vida, sentado en su mansión esperando a la esperanza que nunca vino porque realmente nunca se fue. Lo que pasaba es que nunca antes la necesitó. 

miércoles, 29 de abril de 2015

La vuelta


  Tras deambular por la vida he vuelto al lugar que me corresponde, a casa, al sitio que me acoge siempre con cariño. He vuelto a abrir la libreta de rimas, de versos, de canciones, he vuelto a ponerme los cascos para escuchar a Nach, a Silvio, a Ismael y a ese sinfín de poetas y genios que me ayudan a inspirarme. Me he adentrado en multitud de retratos, de fotografías y de cuadros que expresan algo más que el vació que se esconde tras el horizonte que soñamos. He vuelto tras aprender a dosificar mi alegría y a llorar con cuentagotas. Me he perdido en tus ojos, en la constelación de tus pecas, cabalgando hacia la eternidad. Me he preguntado que es lo que necesitaba para regresar, para deshacer mis pasos y volver a sentarme en el escritorio y vaciar la sangre del bolígrafo encima de hojas en blanco. La respuesta era tan simple, tan sencilla, tan obvia que jamás la hubiese encontrado de no ser por un montón de recuerdos que se agolparon a la mente, de no ser por compartir experiencias con distintas personas en diferentes días de la semana. No era trazar el camino por la misma senda si no crear una distinta, un nuevo camino de retorno que me diese nuevas imágenes, que me diese nuevas vidas, nuevas sonrisas y nuevas decepciones. He tomado decisiones arriesgadas, me he prendado de la misma chica una vez y otra, he vuelto a oír canciones, me he perdido en cuentos de Matute y divagado mientras leía Platón. 

  Estoy aquí, una versión más intensa, más agresiva y más crítica. Tengo el valor de presentarme tras meses de ausencia inesperada. Un caradura que desaparece que cuando más le necesitan sin dar explicaciones y vuelve esbozando una mueca. Durante el camino volví a saber que es el miedo, sentí el dolor en mis carnes y mis entrañas se han vuelto a retorcer con las memorias de personas a las que quiero. Con un funeral más a mis espaldas, con un saco de experiencias vividas, de tiempo que pasamos juntos sin siquiera saberlo. Iluminación acústica a pequeños momentos de la eternidad. Ya no me someto al tiempo, he quitado las pilas al reloj, he borrado los números y he quemado todos los calendarios que tenía a mano. Y aquí estoy de nuevo, tratando de escribir lo que he vivido en estos últimos días. La de cosas que me he encontrado a cada paso, de las cosas que se han ido perdiendo en la marea eterna del friso cronológico. Lamentando las oportunidades que perdí, nostálgico del presente que no existe, hundido entre papeles y libros. He vuelto a compartir lo que no es mío y a dar más de lo que recibo. He vuelto a abrazar por necesidad y a ser sincero por decreto. He vuelto a llorar en público sin miedo a lo que pensasen de mi. Y si, he vuelto a reír con mis hermanos de otras madres por los momentos vividos y por los que vamos a vivir. 

  He vuelto porque el pasado no me importa. El pasado ya no nos lo quita nadie querido amigo. No pienso en el futuro. No pienso en lo que me voy a perder cuando yo desaparezca porque suficiente tengo con no perderme nada mientras ando en este suelo. Paso de rozar el cielo, prefiero el calor de los míos que el calor que me da el sol. Prefiero bañarme en sentimientos puros que en agua de lluvia; soñar y ser el hombre araña saltando de tejado en tejado y asaltando a ladrones de estrellas, ser yo mismo sin ataduras y sin reemplazo. Prefiero echarte de menos ahora que hacerlo mañana. Y aspiro a quererme más hoy que ayer y menos que mañana porque sin amor es imposible amar. Y si todo esto sabe a poco no me queda más remedio que enviarles el nuevo mensaje: jodánse porque estoy de vuelta. 

domingo, 15 de febrero de 2015

Mi vida y mi muerte (y un violín ajeno a mi)

Hay veces que uno se ve atraído a una melodía, a una canción y lo hace de forma inconsciente hasta que se descubre escuchándola una vez tras otra. Quizás nos evoca recuerdos emotivos, quizás sentimientos reencontrados, quizás ambiciones o quizás la más absoluta nada. Cada vez estoy más seguro de que es imposible no llorar al son del violín mientras agudos y graves penetran en los oídos de las mentes más inquietas. Para ellas escribo, para ellas existo. Estaba mirando el techo anhelando ver el cielo a través de él, apagué la luz para contar estrellas pero ahí arriba no había nada. Ni una nube, ni la luna sonriente (o entristecida), ni una alma que consolar, ni una persona que debiera consolarme. A veces me planteo el hecho de ser yo. Yo contra mi yo, el ego me consume cada día mientras arrojo trozos de mi corazón dentro de una botella que lanzo al mar para ver si alguna musa soñada acude a la eterna llamada del poeta (o escritor, o lo que Dios quiera que sea) errante que solamente busca calmar su sed. Muero mientras las más famosas asesinas en serie de la historia siguen libres en este mundo. En este mundo, en el tuyo, en el mío y en el de todos. ¿Acaso no pertenecemos todos al mismo? ¿Acaso no todos los mundos creados por cada uno de los humanos que habitamos el planeta no terminan fluyendo hacia uno solo? Entonces, ¿para qué tanto ímpetu en ser diferentes? ¿Por qué buscamos la fama, el ansia de reconocimiento, el ser especiales, el ser mejores? Tal vez necesitemos ser el centro de atención, el ombligo de ese mundo tan grande. Pero solamente tal vez, los habrá que no deseen estar allí y prefieran pasar desapercibidos aunque nunca se sabrá si es esa su naturaleza real u otra manera de llamar la atención. Siempre se ha buscado ser el más importante de tus amigos y se debería buscar ser el más importante para ellos. 

No entiendo a que viene tanta pena y tanta lástima. Gente que se compadece por no tener, por no poseer. Gente sentada mirando a los ojos de aquellos que pasan por el camino pidiendo limosna. El tiempo pone cada uno en su lugar ciertamente, al final todos muertas, amarillentos, rígidos, ojos cerrados y enterrados. Y en mil años ni huesos, ni cenizas, burda existencia sobre este mundo. Sin rumbo, sin sueños. ¿Cómo iba a soñar en mi mundo? No existe la felicidad, no existe la libertad, no existes tú. Y aquí estoy, tratando de invertir los papeles de esta película, tratando de matar al tiempo mientras el tiempo me mata a mi. Los hay ahí afuera que van pidiendo oportunidades y se excusan en condicionales de y si que jamás existieron. Un puedo y no quiero constante define a estos perdedores que no quieren sonrisas si son sinceras, que prefieren los falsos abrazos a las puñaladas verdaderas. La falsedad entraña ilusión, mentira, la verdad es experiencia. Todos tenemos lo que nos merecemos. Y todos terminaremos muertos. Nuestras vidas terminan diluyéndose como azúcar en café. Quien teme a la muerte debe saber que no debería preocuparse tanto: es inevitable. Quien se asuste por la incertidumbre de no saber que hay detrás de ella (si es que hay algo) debe saber que no somos pocos los que compartimos ese temor. Ese temor que esconde horizontes a los cuales no queremos ni llegar. Una vez muerto caerás en el olvido eterno, nadie volverá a saber de ti. Tal vez aguantes una o dos generaciones y después se acabó, nadie te recordará, nadie te visitará y terminarán construyendo una calle, una plaza, un bloque de edificios o un taller de automóviles encima de tu deteriorada tumba. Lo peor de todo es que todo lo que hayas sido en vida no va a importar. Cuando mueras vas a perder tus recuerdos y tu identidad, vas a quedarte sin historia propia a la cual abrazar y pasarás a ser un don nadie a quien nadie quiere. 

La muerte no deja de ser algo deprimente. Ya en cuadros y en series te a dibujan y pintan como un ser triste, vestido con capucha negra y segando vidas a diestro y siniestro. Ineludible, cuando viene a buscarte mejor vete con ella sin rechistar que tu tiempo se ha terminado y sonríe porque llorar ya lloraste al nacer y tienes que equilibrar la balanza. En cambio a la vida nadie la dibuja. Tal vez cada uno tiene su propia idea de como es su vida. La mía me la imagino como una puta de carretera, follando con desconocidos por cuatro duros y una caja de cigarros. Sin futuro, sin sueños, sin sonrisa, sin sentimientos. Sabiendo que más temprano que tarde terminará abandonada en una cuneta y acabará muriendo de hambre o de frío sin que sus familiares más cercanos lo sepan. Nadie se debe acordar de ella. Ahora es una chica más o menos joven, más o menos guapa dependiendo del momento. Se pasa el día entrando y saliendo de coches ajenos mientras se la tiran en el asiento de detrás. Ella pone cara de aburrimiento y gime haciendo ver que siente placer. Pero hace tiempo que dejó de sentir. Ahí está mi vida, paseando por la Nacional II, siendo el fracaso en persona. Su mirada transmite decepción y sus gestos cansancios. No espera un cliente, espera a alguien que se la lleve lejos de allí. O espera a alguien que le arranque los ojos para no volver a ver ese mismo paisaje que lleva viendo los últimos quince años y que tanta mierda le trae a su cabeza.

 Y a todo esto, el maldito violín de inicios sigue sonando entre graves y agudos. Nadie se va a acordar de este texto de aquí unos años. En un siglo nadie se acordará de que yo existí. La muerte sigue esperando y será puntual a su cita. Espero que se trajee como mínimo y se ponga un buen perfume porque el camino se nos va a hacer muy largo. Y mientras caminemos, charlando sobre anécdotas que sentí en mis propias carnes, tanto que parecían reales, mi vida seguirá follando con desconocidos hasta que las tetas se le caigan y nadie quiera pagar a esa vieja amargada por tener sexo. Y así, con una caja de cigarros vacía y una de condones sin estrenar termina huyendo a un paraje mejor, cambiando de paisaje porque el viaje de la vida no es una carrera contrarreloj si no un paseo con el reloj. Procuren disfrutar de su vida y de si mismos tanto como yo lo estoy haciendo (aunque pueda parecer que no).

sábado, 20 de diciembre de 2014

Oda a un escritor triste

Casi me juré no volver a escribir. Casi. No lo hice por aquella máxima que dice nunca digas nunca, tan típica como real. Aquí estoy, empuñando pluma y papel, dispuesto a hacer algo que no hago en mucho tiempo. Si, dos meses sin escribir pasan como un tortuoso camino que te lleva al abismo de los infiernos, en compañía de malas personas que ríen a tu costa. Durante el periplo me di cuenta de lo importante, de lo vital que es para mi el escribir. Porque soy un negado en todo (incluso esto), porque soy patético utilizando la boca en lugar de las manos, porque mientras menos escribo, más callo, y cuanto más callo, más daño me hago. No escribir es un acto a lo bonzo, un kamikaze sin esperanza que busca estrellarse lo más rápido posible, tratar de ser héroe, morir y ser recordado hasta el fin de los días. Escribir es todo lo contrario, es un acto solidario en que uno expresa algo que otros escuchan y opinan.

No escribo por mi. Nunca lo he hecho, nunca lo hago y nunca lo haré. Y si, es un desafío a la máxima de nunca digas nunca. No valgo tanto la pena como para dedicarme unas líneas. Una persona que no puede escribir con una sonrisa no merece un texto. Una persona que se deja arrastrar por un bucle de tristeza interior, que no lucha a contracorriente si no que se deja llevar y disfruta del viaje... Alguien así no merece unas líneas. Yo escribo por gente que vale la pena, por ella, la que juega con su cigarro mientras revisa sus mensajes. Unidos por el hilo rojo de su pelo, su media melena, su perfil que roza la más absoluta belleza. Me pide que diga algo y yo estoy sin habla. La veo vivir y eso es mi vida, verla mientras ella se aleja. Aprovechar ahora que la distancia es más corta porque pronto estaremos sentados uno frente al otro y yo ya no podré verla. Ya no podré sentirla, mi voz olvidará su nombre y mis ojos verán una sonrisa imperfecta. En remotas galaxias nos hallaremos, en realidades paralelas, en dimensiones distintas, en mundos mudos que no se reconocen. Ese espacio mío que habito yo con mi yo y mi tristeza.

En esa soledad mi ego escribe montones de hojas que se queman más tarde por no poder satisfacer sus ansias de grandeza. Todo está creado, todo está inventado, todo está escrito. No creo en el destino y sé que no debo esperar. Lo que tenga que venir... Igual no viene. La luna sonríe de las desdichas que sufro, a cada paso, a cada minutos, a cada segundo, a cada paso... Siempre en dirección opuesta a mi. ¿Qué seremos? Quizás meras sombras de una relación que existió un día y dejó de hacerlo de pronto por mi incapacidad de transmitir lo que tengo muy adentro. Vuelve a dejarme sin habla, vuelve a hacerme sonreír, vuelve a quitarme las ganas de escribir que no quiero ser triste, no quiero seguir en la prisión del bloc de espiral ni de un bolígrafo Bic que me lanza furtivas miradas cada vez que lo abandono. Dame motivos y dame esperanzas, mírame y agárrame la mano, no me dejes solo. Otra vez. Y si la vida da mil vueltas que dé mil y una para poder volver a encontrarte, y si las oportunidades vuelan que vuelen alto hasta que tengan que caer en mi regazo mientras leo a Delibes a la sombra de un ciprés alargado. Fugitivo del folio, guárdeme cerca de ti, en un abrazo o en una caricia que soy de los que no molestan, de los que se conforman con verse reflejado en tus ojos una noche de cruel invierno, esperando a que llegue la primavera y con ella, las mariposas que salen del cascarón del estómago para salir por la ventana de mi boca. 

No castigues más a mi orgullo sonriendo a otra gente. Sugiero un encuentro en el cielo, con platillos de neón y sillas de madera, bolsos de terciopelo y un pedazo de algodón de azúcar. No soy mejor por ser nadie, ni soy peor por dejar de serlo. Me levanto cada mañana con un nudo en la garganta y su imagen en el techo blanco de mi habitación mientras en otra habitación perteneciente a otro mundo ella se acurruca y se esconde bajo una fina sábana de seda. Violines cuando entro en el lavabo, camino despacio para recrearte lentamente, deseando que una luz cegadora me borre de la memoria todas y cada una de sus visiones, pidiendo que ojalá pueda olvidar su voz, que las calles borren sus huellas. Demacrado, desarmado y desalmado, así vivo el amor y el dolor. Dolor fruto del amor, me mira y me sonríe. Puñal y daga me atraviesan siempre en ese instante, deseando por medio segundo que ella pueda leerme la mente. Y en ese instante se levanta una breve brisa, yo olvido todo lo que siento, lo aparco y me limito a ladear la cabeza de vez en cuando. El reloj marca las horas (y no debería), apurando las últimas décimas me sale no decirle nada, no tocarla, no abrazarla y no quererla. Y mientras ella se despide, yo avanzo por el corredor de la muerte como un reo que anhela llegar al final de ese estrecho y maloliente pasillo, convencido de que nada es tan insoportable como vivir una vida triste.