martes, 24 de mayo de 2016

El placer del no saber

  Ayer mi hermana me dijo que tenía buen porte. Estaba cepillándome los dientes cuando lo hizo. Yo me reí con la pasta de dientes transformada en espuma saliendo de mi boca y cayendo en la pica. No entendí muy bien a que vino ese comentario, le salió espontáneo y tampoco es que yo me hubiese currado una pose o una vestimenta. De hecho iba en chándal lo cual dice bastante de la situación. Tampoco sé que significa tener porte. No entiendo muy bien como se define el porte de una persona. No me he matado en tratar de descifrarlo porque básicamente, no me importa. Eso si, hizo que me mirase en el espejo una vez terminada la tarea que traía entre manos. Dos días antes una conocida o una amiga (tampoco sé como calificarla) me había dicho que era un chico guapo. No me lo suelen decir y si lo hacen yo no me entero. Ni ganas, ojo. Supongo que es una opinión entre tantas que me termina llegando por sinceridad o por compromiso. Ayer cuando me reflejé en el espejo no vi el rostro de alguien a quien yo cualificaría de guapo pero a ella le parezco guapo. La genética es algo fascinante, la verdad. Tengo cero mérito en ser o parecer guapo y me lo dice. De hecho, mis características físicas son las que más me recuerdan y lo hacen de forma continua, más ahora que trabajo con niños. Me miran y no salen de su asombro: "eres muy alto", "que feo eres", "tienes mucho pelo en la cara, quitatelo" o "no tienes pelos en los brazos, que suaves los tienes". En todo ello tengo cero mérito. Bueno no, podría afeitarme pero estoy en modo James Harden, me da miedo quitarme el poco vello que tengo y descubrir mi cara desnuda. Paso, tal y como estoy me asusto menos de mí mismo. 

  Mi hermana se fue entre sonrisas y yo seguía mirándome en el espejo. Siempre entro en el lavabo con mi MP3 para ir escuchando música (obvio, ¿no?). Normalmente escucho rap excepto por las mañanas que Ray Charles inunda mi consciencia. Antes me encontré con la vecina que es una de las niñas del comedor que insiste en que soy muy feo. Me pregunto que discusión tendrían ella y mi conocida/amiga para tratar de convencerse la una de la otra sobre quien tiene razón. Creo que es algo subjetivo. No lo creo, lo es pero a veces queda más cordial decir que lo crees que si no parece que tengas la verdad absoluta. No quiero decir que tengo la verdad absoluta pero hay cosas que son así y no puedes discutirlo. La opinión sobre el físico de una persona lo es. Bueno, básicamente casi cualquier opinión personal de esta índole (que ganas tenía de usar esta palabra) lo es. En fin, la discusión tendría poco futuro de hecho. La vecina tiene 12 años y mi conocida/amiga es de las que dan el brazo a torcer rápido, pasa de discusiones y malos rollos. O esa es mi impresión aunque la conozco virtualmente así que no puedo hablar demasiado por ella. No sé donde está mi hermana. Mi hermano anda desaparecido, dijo que iba a comprar pero me huelo que se ha ido con sus colegas a dar una vuelta o a correr un rato para mantenerse en forma. Mi padre hace rato que no vuelve pero mejor, seguro que estará bien acompañado, riendo e igual ha cenado de forma decente. Nosotros o mejor dicho yo, tengo una cena basada en pan y mantequilla o queso fresco. No me quejo. No sé cuando fue la última vez que cené de verdad en estas cuatro paredes. Seguro que algún día aleatorio entré en casa y descubrí que había una sopa para cenar, una ensalada ligera y un postre bueno. O igual no, yo ya no sé que es y que dejó de ser. Menos sé que fue lo que nunca fue. 

  Me sigo mirando al espejo a todo esto. Es magnífico lo que un espejo puede enseñarnos. Yo soy de las escuela de Nach, de los que prefiere mirar a través de ventanas antes que mirar el espejo pero en el baño no hay ventanas. Además, verse a uno mismo de vez en cuando te obliga a pensar en quien eres. Los chavales del comedor me odian bastante, esa es mi impresión. No es que me lleve mal con ellos, es simplemente que no me llevo. Ellos hacen y yo hago, ellos se portan bien dentro de unos límites y yo me porto bien y les voy dejando hacer. No me gusta gritar ni me gusta castigar demasiado, de niño no me gustaba que me gritasen ni que me castigasen. No significa que no lo haga pero trato de evitarlo. Creo que a algunos no les caigo mal del todo pero bueno, son una minoría. Me manejo mejor en el baloncesto, creo que los de la escuela me tienen algo de aprecio, algunos más que otros. Luego está Helena que es una maravilla y espero que siga siéndolo con los años. Con los mayores me lo paso bien, hablamos de baloncesto, discutimos sobre distintas cosas e intentamos pasar un buen rato. A todo esto, me he dado cuenta que hoy visto de color azul. Recuerdo una vez que una compañera de clase me dijo que le gustaba un jersey que llevaba pero su amiga le dijo rápido y veloz que era demasiado azul para su gusto. Era el típico jersey de rayas azules y negras, no entendí muy bien que significaba la expresión "demasiado azul" y ahora pese a que le doy vueltas, sigo sin comprenderla. El jersey que llevo es totalmente de color azul, en la misma tonalidad a ese otro que le acabé regalando a mi hermana porque me iba pequeño. El que llevo ahora era de mi hermano. Bueno, lo sigue siendo pero me lo pongo yo y como no se queja pues me lo apropio. Me pregunto que andarán haciendo esas dos amigas, hace mucho que les perdí el rastro. Claro que yo, sin whatsapp ni Facebook tampoco ayudo demasiado. 

  Bueno, he salido del baño. Me voy a cambiar y a la cama. Quizás me duche antes aunque es tarde y me va a estar prohibido poner música. Va a ser una putada. Mañana pinta a día duro. Por cierto, me encontré con una amiga que se ha cortado el pelo. La vi de lejos acompañada por sus padres pero no quise ir a saludarla. Tendremos oportunidades mejores si ella lo desea. Pero intuyo que no lo va a desear así que nos quedaremos con las ganas. Pero no sé, quizás un día se acuerde de mí y de que sigue teniendo mi pelota colgada en su tejado. Mientras me voy a perder entre sábanas y mantas, entre verdades a medias mientras me ahogo en vasos llenos de vacío. Y si alguien se pregunta alguna vez que estoy explicando aquí la respuesta es nada. A veces uno se dedica a escribir lo más desorganizadamente posible y lo hace por puro placer. Pues esto es por placer y por la afición de escribir. No lo he dicho, pero me salta el corrector un montón de veces. Tantas que paso de hacerle caso. Yo escribo pero no sé escribir. Y seguro que lo habéis notado. En fin, que buenas noches o buenos días dependiendo de la hora. Que yo ya no sé nada y por no saber me quedo con ganas de aprender.

lunes, 2 de mayo de 2016

Frenesí

  Esperar sentado mientras jóvenes absortos en sus teléfonos pasan de largo, aburrirse, mirar el horizonte, estirar el brazo para agarrarlo, levantarse, caminar a solas por senderos inundados de arena y pensamientos de viajeros errantes, marcar tu propio ritmo, avanzar al pasado, pasar del pesar, pisar con fuerza, andar en cursiva, correr en negrita y subrayado, cruzarse con indeseables, conocer personas nuevas, sentir el viento cabalgando un ciclomotor jubilado, encontrarte perdida entre la muchedumbre, quedar encandilado de tu sonrisa que sobrevive intacta al impacto del paso ligero del tiempo, ilusionarse sin motivo aparente, enamorarse del vacío, teñirse el pelo de rosa chicle, perseguir tu presenciar, columpiarse en tu inconsciente, apartarse para no estorbar, esforzarse en ser mejor, hacerse mayor a pasos menores, imaginar tus límites, llegar tarde por rutina, beberme tu sudor, acariciar lo más profundo de tu ser, bailar en la frontera de cuerpo, vivir en tus labios, ansiar que la primavera te desnude para pasear con los dedos por tu vientre plano, ponerle banda sonora oficial a mis ideas, caer en el tercer movimiento de una sonata para piano, tocar el contrabajo en tus cuerdas vocales, leer sentimientos escritos en una brisa de verano, reflejarse en ventanas que anhelan ser espejos, ser el destino, transformarle por avaricia, divertirse, reír y contagiar la risa, burlarse de tus enemigos con la lengua fuera, obedecer a tu instinto, tirar a canasta, anotar un gol por la escuadra, renunciar a la derrota, desaprender a perder, viajar al corazón por la aorta, apretujarse en la parte trasera de un coche, abrazar por inercia, vengarse rápido para estrellarnos a toda velocidad como amantes en una carrera contrarreloj, refugiarse en tus versos y en tus besos, ir al paraíso en el Apolo XIII, pintar la luna con los colores del arco iris, iluminar la cara de un felino ágil escondido entre bolsas de basura y residuos de esperanza, dormir en tu regazo, despertar un dos de enero, olvidar recordar que debes olvidar lo sucedido la última noche y recordar no olvidar tu punto de partida, mantenerse firme cual soldado formando fila, escapar de la cárcel de tus brazos, molestar a la soledad, incomodarla, adivinar la fecha de caducidad del nosotros, morir en el naufragio de tu melancólica mirada, derrumbarse como castillos con estructura de naipes y muros de arena engullidos por la hambrienta marea, llorar en vano, trazarte en tu elipsis, contarle al universo que te necesito, rozar el infinito y hacerlo más duradero y largo, mentir con sinceridad, deshacer los pasos que dimos una cálida mañana de septiembre, borrar tus huellas que quedaron en marcadas en mi piel, enterrar las excusas y las disculpas volátiles, quemar tu esencia de mi habitación, romper en mil trozos este escrito, creer en perder la fe, respirar el aire sucio de la gran ciudad, apreciar el paisaje que florece en marzo, echar de menos a la nostalgia, rememorar tiempos peores, valorar la nueva senda abierta, volar sin rumbo, explicar el motivo por el cual nunca se dan explicaciones, acechar a las sombras, asustar a los monstruos que habitan bajo la cama, soñar con pesadillas, admirar la salida del sol, despedirse del niño que fuiste, partir al lejano oeste, batirse en duelos dialécticos, inhalar el último de tus suspiros, quererse, regalar todo el odio que te queda al primero que se cruce contigo y liberarse de los miedos que te impidan vivir para ser.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Punto y aparte

A Maria del Mar, por ser mi bote salvavidas.

  Es un punto y aparte. Tras dos semanas en estado de coma virtual he sido capaz (no sin ayuda) de replantearme problemas y dilemas. He dedicado mis horas muertas a mirarme dentro con los ojos cerrados y los brazos inertes, pasando frío y tumbado en un espacio perdido entre lo imaginario y lo real. Con el viento congelándome las mejillas me he pasado todo el tiempo que merecía y he conseguido llegar a sitios inexplorados de mi yo más humano Al final todo empieza en mi, un punto insignificante en una galaxia infinita, un pequeño ser con miedo a sentirse solo estando rodeado de tanta gente como está. Una alma que huye a contracorriente de toda la multitud que intenta arrastrar a todo aquel que se cruza con ella a una rutina muerta. Es el desenlace de una época que parecía inmarchitable pero que ha terminado por apagarse lentamente y que ha dejado tras de si un rastro de luminiscencia detrás de si. Nadie hablará de ella, efímera como fue pero intensa, tan intensa que las mentiras se suicidaron lanzándose desde tus cuerdas vocales y las verdades cobardes se escondieron bajo sábanas translúcidas para dejarnos a solas mientras espiaban nuestras conversaciones. Ajeno al reloj de arena que me mantiene atrapado aprendí a hacer sonreír y olvidé a como sonreír sin necesidad de perderme en tu mirada. 

  Es un punto y aparte. Todo lo extraordinario dejó de serlo, nos abandonamos y nos liberamos de la prisión de nuestro abrazo. Fue breve, muy breve pero vivido con excesiva devoción. Cada sílaba que pronunciabas era un sonido melifluo que cortaba mi aliento y me enamoraba ciegamente, cada gesto era poesía en el aire y producía una epifanía mental que me aislaba de la cruda verdad que asolaba mi mente. Un sentimiento inefable se apoderaba de mi alma en cuanto te miraba directamente a los ojos, unos ojos que hacían sentir a mi ego como alguien muy especial. Esa mirada donde mis rarezas brillaban con más fuerza que nunca. Que ridículo todo ahora, lo que fue y lo que es, lo que no fue y lo que no es, lo que pudo ser y lo que nunca será. Veo en que te he transformado y no encuentro palabras precisas que puedan describir con exactitud  lo que pienso, mucho menos lo que siento. Nunca confíes en un escritor moribundo que escribe más que habla. Nunca te fíes de una persona triste que habla más que mira. 

  Es un punto y aparte. Nunca quise hacerme daño. No entendí nada hasta pasados los días, las semanas y los meses. Tú y yo nunca fuimos iguales, nunca fuimos nosotros, que tú ya eras feliz mucho antes de conocerme y antes de quererme. No quise entenderte. Eludí mirarte a los ojos porque quería seguir creyendo en una mentira maloliente que terminó por explotar como una pompa de jabón y me envió de bruces contra el suelo. Y aún no me he levantado. He necesitado ayuda para quitarle las pilas al reloj y romper sus manecillas y seguir viviendo tachando los días del calendario. Me convertí en un asesino en serie mientras cuestionaba mi realidad. Miraba mis manos como si todo lo que tocasen fuese una mera ilusión creada por algún Dios con ganas de jugar con mis miedos. El miedo a sentirme en absoluta soledad aún cuando la muchedumbre corre por mi lado y me esquiva evitando todo contacto conmigo. Todos aquellos días muertos por un rotulador rojo fueron días donde ansiaba encontrarte en cualquier rincón de la ciudad que empequeñece las dudas, verte a través de un cristal tomando un café o a que aparecieras por arte de magia en el andén que te lleva de camino a regreso a tu casa. Tantos escenarios sin micrófonos ni actores, tantas sendas que nunca fueron pateadas y quedaron abandonadas. Es horrible pero lo es menos cuando pienso en todas esas sonrisas que me dibujaste sin quererlo y en como cambiaste todo mi mundo haciendo tan poco.

  Es un punto y aparte porque no habrá una segunda vez ni una segunda oportunidad por mucho que ahora la desee. Lo es porque he conseguido entender porque te esperé durante tanto tiempo, ahora sé que existes, que eres palpable y no eres ningún sueño. Algunas personas existen para que los demás podamos refugiarnos de la gente que nos hace sentir en soledad. Esa eres tú, con el cálido abrazo de una madre y las caricias de una hermana, la de los besos de pareja derretidos y la de actos espontáneos que te definen mejor que nada. Ahora sé que eres una soñadora que avanza a un ritmo frenético y que yo no podría igualarte bajo ningún concepto. Te esperé tanto tiempo y terminaste adelantándome. Debí haber avanzado a mi propio ritmo y esperar a que me atrapases. He necesitado horas intrínsecas de soledad absoluta y de silencioso sufrimiento para poder ver a través de los oscuros pasillos de mi ser. Yo con toda esta vana dialéctica sé que escribo para mi, que en mis textos es donde se refugia mi ser y donde dejo de esconder cosas. Entre líneas y palabras se halla la sinceridad que le falta a mi boca y mi mirada. Yo sé que temo por mi y pienso para evitar ese temor. Telarañas de frases que jamás podrán atraparte.

Pero todo esto ya no importa. 

Era un punto y aparte. 


Foto de Anabel RC. 

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Cambios de humor (y de amor)

  Noche oscura, caen gotas de forma dispersa. Melodía de truenos y relámpagos, un chico caminando calle arriba huyendo de sus miedos, doblando esquinas esperando encontrar a la esperanza. Pisa un charco, cruza la carretera y afloja el ritmo. Mira el cielo nublado, no hay luna que le guiñe un ojo, no hay estrellas que unir para dibujar sus sueños. Se pregunta cuánto tiempo tarda una gota de lluvia en caer al suelo, cuánto tiempo de vida tiene desde que nace en la nube negra. Sonríe tímidamente, reanuda el paso rápido mientras se pierde en sus pensamientos. La oscuridad de un callejón mal iluminado engulle su existencia. Un perro ladra a lo lejos, un gato en celo clava la mirada en la silueta que desaparece. Mira el fondo del cuadro imaginando en un mundo diferente donde nada es distinto. La locura espera sentada en un banco sabiendo que tarde o temprano el chico aparecerá y a ella se entregará. No sé que edad debe tener el muchacho que olvidó a odiar y que aprendió a contar amigos con los dedos de una mano que ahora le parece tan irreal. Trata de mirarse a si mismo, se abraza a la nostalgia y se sienta en garitos malolientes. Un amor suicida salta de la ventana de un cuarto, un grito ahogado llama al futuro en un deseo de volver al pasado. La eternidad huye del paso del tiempo y todo cambia a cada segundo para poder seguir igual.

  En una calle sin salida aparente la nieve empieza a acumularse. Un chico pasmado mirando a través del cristal ve como un escritor roto por dentro trata de plasmar su frustración en una pantalla. Si se gira un poco verá una chica escribiendo su felicidad en hojas de papel que serán aviones y volarán hasta el más allá. La nieve cuaja bajo sus botas. Mira al cielo, el sol asoma tristemente por las rendijas que dejan las nubes. Fijamente mira el copo que cae delante de sus narices. Nota como otro copo cae encima de su mejilla izquierda. Piensa en cuánto tiempo tarda en caer el copo, durante que breve período de tiempo existe ese copo. Una madre arrastra a un niño mientras le explica como ser mayor. El chico se coloca uno de los cascos y mira la pared que cierra la calle. El escritor frustrado resulta ser poeta, la escritora feliz resulta ser admiradora Matute. Quizás suene una balada curte y quizás sueñe con un amor cursi, quizás se funda la nieve y al día siguiente será como si nunca hubiese existido. Mira el reloj de pulsera. Son las doce y sabe que ha llegado la hora de sonreír aunque sea obligado. Siente el metro bajo sus pies y se coloca el otro auricular. Sigue vivo. Sigue solo. 

  Las hojas empiezas a crecer en los árboles. Camiones equipados con escaleras cuelgan retratos de políticos que buscan votos y venden humo. Las nueve de la mañana. Camina calle abajo con la capucha puesta y con ritmo alterado. Tiene que llegar a algún sitio a alguna hora para abrazar a alguna persona. No quiere hacer tarde. Los rayos del sol le tapan el camino que tiene delante suyo. Siente una presencia intensa. Un pájaro vuela a ras de suelo, Cenicienta corre tras una moto con zapatos de cristal mientras dos machos alfas pelean para conquistar su corazón. El chico mira al cielo divisando los rayos del sol que le ciegan. No lleva el reloj puesto. Mira como lentamente una nube se posa sobre el astro y le ayuda a ver el azul con claridad. El chico se pregunta cuánto tarda en moverse una nube, a qué velocidad viajan y hacia adónde van. Se queda quieto mientras un olor a verde impregna el ambiente. Un coche arranca con el freno de mano puesto y el conductor empieza a sudar nervioso. El chico sabe que va a llegar tarde. El chico sabe que nadie le va a esperar, nunca hubo un momento. Quizás hubiese existido el momento si hubiese salido antes de su casa o si no se hubiese encantado mirando a una pareja de moscas revoloteando delante de su mirada. Otra moto pasa detrás suyo. Un bolso se abre y una mujer saca un pintalabios y un pequeño espejo. Resignado el chico arranca a correr porque aunque le duela, el chico sabe que la esperanza nunca se pierde por muy estúpida que sea la situación. 

  Tumbado en el regazo de una chica desconocida hasta ahora. Su presencia se expande, su conciencia impregna el ambiente, la diversión se difumina en el vacío de su mente. El chico tiene los ojos cerrados mientras la mano de ella recorre su cara. Toca la barriga y se siente cómodo por fin. Se levanta y anda. Sigue sin rumbo, sube escaleras, baja rampas y ríe antes de las doce. El chico recorre cada punto de su figura. Su espalda estrecha se le hace eterna, sus manos delicadas le sujetan fuerte. El amor que se lanzó desde un cuarto llevaba paracaídas. Se sabe que amortiguará la caída los brazos de una desconocida. Se pierde en su olor. No es la película de su vida, es un simple cortometraje y el chico es solamente un extra. Un concierto improvisado, unas palmas, una guitarra y un micrófono. El fuego de la hoguera de San Juan se levanta delante de ambos fundidos en un abrazo. Sus dedos se entrelazan cada vez de una forma y el chico desea en ese preciso momento que se pare el tiempo. El chico piensa en cuando nace esa sensación de sumisión a otra persona, cuándo muere y por que no puede hacerse eterna. El chico vuelve a sonreír tímidamente. Las caricias le llenan de vida, se marca el reto de ser alguien sencillo y tararea sinfonías de Mahler. Valientes se escapan a contracorriente por miedo a sentir, cobardes se levantan y le ganan el pulso al miedo de mirar a los ojos. El chico se sincera con su mundo aceptando la ilusión de un amor que se estrelló hace tiempo. Y ella le agarra la cintura para mantenerlo atado y el chico se deshace del nudo y la observa. No sabe sentir y no sabe vivir. Pero sabe que puede aprender, y que puede hacerlo solo, como ha hecho durante toda su vida.

Foto propia.

martes, 13 de octubre de 2015

(In)estable

  A ella.

  Maremotos de palabras se agolpan en la mente del escritor demente cuyo bolígrafo arde en deseos de hacer correr ríos de tinta. Tantos tontos que desean el calor de los focos, pavonearse frente a princesas con vestidos de seda y engañarlas para llevarlas en brazos hasta el altar. No creo que puedan soportar la presión de las miradas que yo esquivo a diestro y siniestro, prefiero no ser nadie a ser maestro y pasar desapercibido entre el rebaño, consciente de que mis ojos muestran todas las debilidades que me hacen ser incapaz de superarme y los defectos que impiden amarme. No busco trofeos pues no hay mejor premio que dormir en tu regazo ni mejor sensación que la del abrazo de un hermano. En mi libreta solamente busco sentirme libre mientras libro una eterna lucha contra los temores que me acechan en todas las esquinas de mi barrio, donde borrachos trabajan a destajo para bajar la luna y conquistar a su dama, poetas buscan como atrapar polvo de estrellas en tarros para poder crear su propia epopeya, perros vagabundos de hedor nauseabundo miran como la vida se resume en siete días y otras tantas noches a la vez que camellos armados con un aerosol componen mejores reflexiones que el gilipollas de Paulo Coelho. La calle alberga más sabiduría que el pupitre de una clase y los baños tienen mejores filosofías de vida que lo que aparece en tus libros de textos. Den por hecho que el trayecto recto no siempre es perfecto y tampoco es siempre el correcto, agárrense cuando vengan curvas y cuervos a sacarles los ojos pero sin dejar de mirar de reojo a sus acompañantes en el viaje pues sin compañía de alguien o algo el sendero suele hacerse más largo.

  Prendo fuego en secreto y te robo la sonrisa, aquella que se cruza conmigo en sueños y mientras tanto, un punto entre otros tantos surcando por el filo de la almohada, y cada vez que alguien me dice que se me escapa la vida y que ya no tengo cabida, yo le respondo: con mi misión cumplida. Necesito poco para sentirme persona y en lo personal prefiero perecer como hombre que vivir en peceras llenas de lágrimas. Intento mirar al futuro pero si no es contigo no quiero, prefiero sentarme en un sillón y disfrutar del momento mientras lo creamos en un espacio temporal perfecto para ambos. Tengo de fondo al flautista de Hamelín tocando el Für Elise y leo las Aventuras de Huckleyberry Finn. Me sobra la prisa y me falta el tiempo, me sobran hermanos y me faltan amigos, me sobran sonrisas por compromiso y me faltan lloros de alegría. Mira tú que si hoy soy yo, mañana igual me voy y me abandono en la cuneta o me lanzo a las vías del tren si no te alcanzo. Te sigo y te persigo a lo largo del laberinto hasta que el camino se alumbre con la esperanza o tu cariño me deslumbre, quizás sean las hojas del otoño o quizás sea las primeras gotas del rocío en otro amanecer tardío, mi mirada sigue recorriendo tu alma más que tu cuerpo y tus gestos antes que tus senos. Abrazados bajo un manto de luna y estrellas se para el tiempo y pido deseos vanos a meteoritos que se disfrazan de estrellas fugaces, con el alboroto de fondo y humo de tabaco entrando por mis fosas nasales, me siento especialmente único entre la muchedumbre que se pasea a nuestro alrededor sin dedicarnos ni un segundo, ese mismo intervalo de tiempo que junto a ti es efímero en presente pero eterno en pretérito. 

  No pretendo enseñarte nada si no entretenerte, asumo mi ignorancia y la nostalgia de no tenerte. Pese a mis intentos de subir al cielo sigo con los pies pegados al suelo, soy un ente insignificante con sueños de gigante, otro anónimo que no desea sentirse importante ni eclipsarte, el que se conforma con seguir adelante mirando al frente sin apoyarse en amores rancios que hablan más que demuestran, que se apoyan en más te quiero que no en un te respeto. Sigo caminando contra corriente, trato de ser diferente sin alejarme de mi mismo. Ya camino con algo más de prisa y nunca me paré a esperar al reloj porque él nunca se paró a esperarme, buscando el espacio ideal para crear el momento en que pueda deshacerme de las mantas que me sirven como escudo contra los monstruos que habitan bajo mi cama. Trato de manejar las manijas, ajustar las clavijas y envejecer con alegría. Convivo con mis complejos lejos de jaranas y espejos mientras mis complejas metáforas dejan perplejos a personajes encerrados en jaulas mientras genios corren por eternos parajes huyendo de un ejército que destroza el paisaje. En el ejercicio de hallar consuelo en uno mismo apago las luces y me descubro con rostro nuevo de semblante serio. La rutina de escribir es más placer que castigo pero la rutina del no poder crear me atormenta como la peor de mis pesadillas en una noche de tormenta. Y en este juego de sobremesa traigan té de menta de estilo marroquí que me despeja y me desbloquea de los malos hábitos de tirarme a un pozo y tocar fondo. Jornadas de reflexión en esta canción del montón, pues no hay soneto que arrastrado por el monzón sea capaz de hablar con el corazón con la misma precisión.

  No creo textos, no escribo palabras, no transmito lo que pienso ni plasmo lo que siento. Recojo tus ideas para ponerlas en un saco, ordenarlas y narrar lo que no me pertenece. La vida como película de tercera y que viene con spoilers del final, una máquina de hacer sufrir y de sonreír. Tantas veces me perdí en tu mente que ya no sé si he llegado nunca a existir sin ti y esto es lo que tengo ahora, un montón de pensamientos impropios de mi. No puedo mirarte a la cara sin sentir ese cosquilleo del que se enamora rápido (muy rápido) y del que olvida lento (muy lento). No necesito sentirme el mejor de nada, no quiero gobernar en un imperio donde el tuerto es el amo y señor de los ciegos, no quiero hacer el bien para ser un superhéroe. Paso de todas esas etiquetas que van poniendo los que tienden a amontonar riquezas bajo el brazo para ser el más rico del cementerio, paso de ser alguien convencional, paso de decirte que soy real porque tengo mil y una caras y ninguna de ellas es falsa. No te voy a esconder nada, no tengo secretos guardados bajo llave y ya veremos si alguna vez los tengo. Mi alma encerrada en un cofre mientras mi ego se esconde bajo una coraza de cobre y mi corazón se recubre con corteza de roble. Mi bolígrafo es un mandoble que hiere a quien más quiere. Que esto forma parte de mi pero no es mío. Esto es todo tuyo, yo solamente le he puesto un título convincente y lo he transformado para que tú puedas burlarte del escritor que se refugia en el arte, pues ni la máscara más cara podrá jamás tapar lo que hay debajo de la piel.




martes, 25 de agosto de 2015

Explosión de estrellas fugaces

  Por enésima vez me he preguntado quien soy. Sé que estoy en un punto de nuevo importante, noto que me rodea el aroma del cambio, del avance, de la puesta de sol que se una a la salida de una nueva luna. He perdido el interés en la muerte y ahora me abrazo a la vida, no quiero perderla bajo ningún concepto. No temo tanto a la muerte como a no sentirme ni estar vivo. Porque la vida encierra cosas maravillosas y cosas lamentables y triste, guarda recuerdos en cuero, paisajes y sentimientos amontonadas como paja en fardos. La vida pasa delante de mis narices y me doy cuenta de que no la estoy viviendo, la estoy mirando, paseando y acariciando a la belleza, esa que se pierde en cuanto roza mi piel. Estoy en el punto en que debo decidir si seguir como hasta ahora o dejar de sentir nostalgia por aquello que nunca ha ocurrido y que nunca sabré si ocurrirá. Y prefiero levantarme y atacar que acatar las normas de un mundo regido por putas y ratas ingratas que se aferran a mis erratas y miran como poco a poco me hundo. A todo esto le planto un no rotundo y tomo la primera salida de la rotonda directo a la autopista que me lleve a paisajes más agradables y a personas palpables. Paso de esperar a un Caronte carente de ambiciones, me deshago de las cadenas que me atan y me pierdo cada día en sonetos y sonatas mientras sigo mirando al lado que es donde caminan los míos. Y ríos de tinta se derraman cada vez que me muerdo la lengua, la luna mengua en cada paseo en la playa y que haya esperanza en el más allá que tan lejos se halla que yo me quedo con el andar en grupo o en pareja por parajes eternos que se abren en la inmensidad de los que prefieren calidad pero sin renunciar a la cantidad. 

A través de estos ojos veo lo que va pasando y arrojo globos rojos al cielo estrellado. Empiezo a entender a que la vida es mejor dejarla fluir que huir de ella, y por ella muero cada segundo. Y así guardamos un minuto de luto por las horas muertas desaprovechadas. Será por negación o por negligencia, por inocencia quizás que yo la felicidad la perdí en algún triste despiste mientras ilustres personas ilustran portadas de libros que alumbran mi camino. La calle me enseñó a ser más duro, las personas a ser más puro, en las clases únicamente el no ser nunca un cero y mi madre a ser sincero. No es demasiado tarde para disfrutar de lo que tengo mientras me mantengo en la misma postura, con las mismas ganas de aprender que ayer, con la sensación de volver a nacer bajo una nueva perspectiva. Quiero deshacerme de la ira y de la mentira que asolan este mundo y quiero ser honesto conmigo y con todos aunque sé que será complicado porque soy más de pensar que de hablar por los codos. Pero soy de los que prefiere currar a lamentar porque todo se puede solucionar y creo en el cambio personal. Quiero disfrutar de cada momento, de las canciones que inundan el mundo, de los libros que leo, de los cuadros que veo, quiero ser yo, el mismo chico que sigue jugando a la Game Boy y se declara seguidor de la casa Greyjoy mientras vengo y voy sin un rumbo fijo, buscando una mirada y una sonrisa que encontré en un atardecer casi de casualidad rodeado de piedras y de patos de cuello verde. 

  No voy a ser yo quien ande enamorado de este drama al que llaman mañana. La vida es un cúmulo de vivencias y no puedo esperar a vivir de nuevo, a volver a valorar cada gota del vaso y sin hacer ascos a las posibles malas experiencias que vengan, no habrá venganzas con saña ni más fuerza que maña. Simplemente el reaccionar cuando llegue. La vida enamora cuando te muestra el bonito tejido que trazan los hilos del destino que a veces no atinan en el blanco pero valen la pena igualmente. Mecenas de este mensaje, he pasado noches en vela y decenas de días sin cena pero con el ánimo intacto de seguir creciendo. Y tras tanto tiempo invertido perdido ahora entiendo que la vida son todas aquellas noches de verano, las calles que corrimos encapuchados, los abrazos que nos dimos bajo la lluvia, el intercambio de miradas que nunca fue más lejos, el amigo que se fue al otro lado del charco y el que se quedó por miedo a perder, el padre que se deja la espalda por su familia, el respeto que se gana, la imaginación adquirida de leer, la piel de gallina con un tiro en el último segundo, la última fila de una clase de historia y el último taburete de un local de jazz. El whisky con hielo que se derrama antes de llegar, el grafiti pintado en memoria de un compañero, el sentimiento de formar parte de algo muy importante, la sensación de que algo que no ha pasado y que debía pasar. La vida es una especie de barca que rescata náufragos a la deriva y los une a todos mientras se pierde por un océano de lágrimas de aquellos que fracasaron y llegaron al ocaso sin ser soñadores. Derrotados que te miran y te siguen diciendo que es imposible porque ellos nunca lo consiguieron, envidiosos que viven de lo que haces. Infelices.

  Y en este punto estoy yo, un ente latente que ha perdido la fe en volver a sentir la felicidad, que cree en ella pero que se halla en un limbo inalcanzable. Aún así, lo intentaremos porque de eso se trata el camino que trazamos. Y pegadle un tiro al mañana que yace en la cama que yo ya no creo en él. El hoy por encima de todo lo demás Y lo que tenga que llegar pues ya llegará, ya sea una explosión de alegría o una llaga de tristeza. Mientras tanto, cortaré el hilo rojo del destino que creía que me ataba y me precipitaré por el principio del precipicio de tu ser y me perderé en tu interior, deseando tener toda tu vida por delante. Seguiré buscando un final perfecto al texto y en eso consiste mi último reto, en contarte que nunca antes habías vivido tan intensamente como en mi imaginación. 

domingo, 2 de agosto de 2015

Querida Diana (IV de IV)

  Si os digo que hice durante mi día libre no os lo creeríais. O si porque llegados a este punto creo que era la única opción que me quedaba. De la noche al día Querida Diana se había convertido en mi tablón salvavidas, sin yo quererlo aunque una parte de mi era lo que buscaba. Deseaba que Querida Diana se alejase, se marchase, se muriese. Quería que desapareciese como si nunca hubiese existido. Borrada de la faz de la Tierra, de toda memoria y yo feliz con mi vida delante de la caja del supermercado, con mi chapa y mi uniforme. Pero eso era lo que anhelaba porque sabía que la parte irracional de mi mente deseaba abrazarla y amarla, besarle las manos y las mejillas, perderme entre sus senos y naufragar entre sus piernas. Todo ello conformaba un caos llamado Querida Diana. Ese día llamé a mi pareja y una hora después y litros de lágrimas vertidas sobre el suelo, me quedé a solas, con el teléfono en mi mano y sin respuesta en la otra línea. Sentía que debía hacerlo. Las doce del mediodía, la hora de comer para los turistas que se amontonan por las calles del pueblo, la hora de mayor densidad de personas en apenas unos metros cuadrados. Me lancé a la aventura, me puse la mochila y me armé con mis cascos y salí a buscar lo que tanto tiempo llevaba buscando. 

  Durante tres horas anduve sin rumbo alguno, perdiéndome entre la multitud, pasando por todas las aceras, pisando fuerte, repasando todos los rostros que se cruzaban conmigo tratando de encontrar esa mirada de hielo, esos ojos azules casi blancos que tantas veces habían penetrado mi alma. Tomé aliento en un banco. Un banco en la plazoleta donde se veía aquel edificio rancio y feo que enamoró a Querida Diana. Necesitaba pensar, crear un plan de acción para que mi búsqueda fuese más sencilla. No era tarea fácil, no tenía ni idea de donde podía alojarse ni donde podría ir a comer. Empecé a trazar una área teniendo en cuenta que venía a comprar al supermercado en bastantes ocasiones. Listé sitios en los cuales podría estar en esos momentos y las rutas por donde podría pasar. Viéndola se me ocurrió que le gustaba andar a solas y por lo tanto se escondería del gentío de las calles más transitadas. También sabía que era de andar lento así que supuse que yendo rápido me acabaría encontrando con ella, más temprano que tarde. 

  Empecé a recorrer calles poco a poco, sin prisa pero sin pausa. A medida que las horas avanzaban sentía que la frustración invadía mis venas y el nerviosismo empezaba a circular a toda pastilla por mis arterias. Sudaba porque no sabía muy bien que hacer ni a donde ir. El maldito plan no resultaba y el lento devenir del tiempo lo hacía insufrible. Quería gritar, arrancarme los ojos y lanzarlos muy lejos, atravesar mi cráneo con los dedos y dejar que el sol fundiese mi cerebro. Respiré hondo y y miré a mi alrededor. Nada que fuese interesante, una calle vacía... Justo el paisaje que atraía a Querida Diana. Era buscar una aguja en un pajar, una misión imposible. Me senté en el borde de la acera y me pregunté si todo lo que hacía era en vano. No quería admitir la derrota pero ésta era inapelable. Ni siquiera había considerado la posibilidad de que hubiera partido ya a su casa de nuevo. Una parte de mi quería irse a casa pero otra se negaba a que Querida Diana hubiese desaparecido como humo y que lo hiciese sin mi. No me cabía en la cabeza. Arrastré los pies una, dos, tres calles. Arriba y abajo, fui perdiendo la cuenta de cuantas veces repasé una y otra vez las calles, cuantas veces limpié los locales cercanos buscando esos ojos azules casi blancos. 

  Me volví a casa. Me cansé de buscar, mis ánimos estaban bajo cero. Siempre tenía la esperanza de que me iba a sorprender en una esquina, en una plaza. Incuso cuando abrí la puerta de mi casa esperaba que ella me recibiese con esa sonrisa burlona que me había enamorado. No estaba ahí y no iba a estar nunca. Estaría dando saltitos por la calle o metida en el avión rumbo a su casa. No tenía ni idea. Se me escapó una lágrima, la decepción se notaba en el ambiente. Durante una hora me encerré en mi habitación, no me apetecía comer o hablar. Quería estar con ella pero era tarde. El rechazo del principio pesó demasiado. Mi perfecta obsesión de no querer amar o más bien de querer elegir a quien querer hizo que me estampase de bruces contra un muro una y otra vez. Jamás rompí el muro y ella se marchó para siempre. Salí de la habitación y miré a mi madre. Recogí la ropa y encaminé mi cuerpo marchito a la ducha. Tal cual entré en la ducha oí que mi madre me llamaba:

- Helena, la cena está lista. 

  Yo no quería pero le respondí afirmativamente.