jueves, 27 de febrero de 2014

Carta desde Varsovia

  En el hipotético caso de que la vida me arrastrase por el mundo y tuviese que trazar una nueva senda para rehacerla, esperaría sentado a que mis pasos fuesen en la dirección que yo deseo y donde el corazón me lleve. Me ayudaría el viento y mi mirada marcaría, una vez más, las frías y vacías calles de Varsovia. Me sentí pleno andando entre sus casas, tiendas y sus gentes, carentes de felicidad y, aún así, sonriendo como si nada hubiese pasado. 

  Es evidente que Polonia no es un país más. No solamente por su historia más reciente (cosa que tienen todos los países) si no por lo que tiene dentro de ella y que solamente guarda para aquellos que buscan algo más que pura diversión. La tristeza de Varsovia que emana por cada una de sus piedras solamente es comparable a su belleza. No es complicado explicar como Chopin fue capaz de componer todos esos magníficos nocturnos siempre en su amada patria. Lo verdaderamente complicado sería como no hacerlo tras haber pisado suelo polaco. Cada rincón de la capital susurraba versos desesperados y exhalaba el último aliento del hombre. Camina la gente por sus calles principales en busca de refugio y de calor humano para tratar de evadirse de su propia realidad. Varsovia es el niño pequeño que aún trata de salir a descubrir el mundo exterior, que aún está intentando ponerse a la altura de sus semejantes sin perder sus verdaderos valores. 

  Nostalgia apresada en un nombre y vestida con vestidos de satén, Varsovia es una ciudad que debería vivir siempre de noche, siempre en invierno, siempre alineada al resto del mundo pero sola y desamparada. El escenario moldeado a su gusto. Tendría (como no), sus vías de escape en forma de cadenas alimenticias (o eso dicen) americanas, pero no valdrían tanto la pena como sus tradiciones. Si hay algo que siempre será de Polonia es ella misma. Por ella pasaron miles de millones de ideas y sensaciones pero nunca cambió. Se mantuvo fiel al niño pequeño que siempre tuvo claro que quería ser de mayor. Varsovia merece cada uno de los sentimientos tristes y penosos que alberga en su interior, así como la imagen de melancolía y el frío y el vacío que la acurrucan cada noche antes de escapar de su mundo. De cualquier otra forma, Varsovia dejaría de ser dura, de ser cruel y de ser ella misma. En definitiva, dejaría de ser especial para volverse vulgar.


Fotografía propia, Tumba del soldado desconocido.


viernes, 3 de enero de 2014

Si ella se va

Borra cualquier buen recuerdo que tengas sobre ella. Huye de las fotos en las que aparezcáis juntos y enamorados. Tira a la basura cualquiera de sus regalos, quema toda la poesía que creaste a su lado, no vuelvas a pisar el café que frecuentabais y quiebra la fe que tenías en ella. No te creas ninguna de sus palabras, ni su despedida ni su perdón. Excusas y mentiras para no hacerte daño, para que oigas algo bonito por última vez. Pero ella no sabe que el daño ya está hecho. No rebusques en tus recuerdos un pasado y no te quieras convencer de que no te va a olvidar. En cuanto esté en la cama de otro lo hará, y le contará las mismas mentiras que te contó a ti. No te muestres agradecido. No quieras entenderla, haz que se lamente de cada uno de los días que compartió contigo, que llore sin parar y que arda por dentro. Que la conciencia le explote cuando esté contigo. Dile la verdad, sin esconder nada, antes de que desaparezca en el horizonte. No mires vuestras posesiones porque no teníais nada. Déjala morir en brazos de otro que pretenda amarla. Olvídala, abandónala perdida fuera de tu mundo. Cierra las puertas y no vuelvas a pensar en ella. Que se vaya con tu odio, dure lo que dure.


(Inspirado en Instrucciones para salvar el Odio de Ismael Serrano).


miércoles, 18 de diciembre de 2013

Un motivo

- ¿Por qué te gusta tanto escribir?
Estaba tumbado en mi cama con Marina cuando me lo preguntó. Hacía un calor de primavera que chocaba de frente con la época, pues justo empezábamos a ver el final de lo que había sido un enero bastante frío. La pregunta me sorprendió. No, lo que realmente me sorprendió fue el tono y la naturalidad con la que la realizó, como si ese fuese el lugar y el momento exacto e indicado para hacerla. Cruzamos miradas durante un instante y ella sonrió a la vez que me apretaba con los brazos aguardando a que yo abriese la boca. Hasta entonces lo único que nos había impedido de disfrutar nuestro silencio fue nuestra respiración profunda y el tic tac del reloj que decoraba la estancia.
  En un ejercicio de reflexión y con los ojos puestos en el techo decidí buscar la respuesta más idónea para esa complicada pregunta. Hice un largo recorrido por los distintos motivos que me empujaban a contar verdades con un bolígrafo y un papel. A cada parada recordaba algún texto y escritos, viendo lo mucho que había cambiado a lo largo del tiempo.
  La primera parada fue el placer puro, las ganas de satisfacer a mi ego y las ganas que tenía de crear mundo nuevos, dimensiones relativas y falsas realidades que se solapaban entre si. Unido a este punto descubrí, no sin cierto grado de sorpresa y asombro, que quizás buscase la admiración y el respeto de los demás, un reconocimiento merecido que me llevaba a buscar historias y experiencias para poder relatar parte de mis vivencias.
  El camino se seguía trazando sin olvidar lo pensando anteriormente. Llegué a pensar que podía ser que el motivo principal no fuese otro que el del talento. Decían que se me daba bastante bien realizar el ejercicio de escribir y me habían insistido en algunas ocasiones (más bien pocas, pero lo habían hecho) de que no lo dejase y de que valía la pena que siguiese alimentando mi mente de esta forma. Yo no había reconocido nunca mi talento, ni tan siquiera lograba vislumbrarlo pero algunos días, releyendo antiguas creaciones mías me había sentido bastante orgulloso de mi yo escritor. Por otro lado también me dejé llevar y pensé en lo importante que resulta ser el acto de escribir. Dejar plasmada de alguna forma parte de tu pasado y de tu existencia, de mantener vivas partes del recuerdo. Siempre pienso en si al redactar todo lo que me sucede en un papel no estoy eliminando elementos esencial de lo que viví. Por muy bueno que sea el escritor nunca será capaz de llenar de letras el vacío que generan los sentimientos. Hay lugares donde la palabra no puede llegar. Aún así, creo que dejar impresa tu vida en un papel tiene un valor incalculable.

  No conté el tiempo que anduve divagando por las profundas cavernas de mi cabeza, cambiando de paisaje y de destino, buscando nuevos hogares, caminos... A cada paso mi ego cambiaba, se transformaba hasta lo que era yo en los momentos que escribo estas líneas. Se me ocurrió una respuesta perfecta, que había sido creada para ese momento, esa situación y ese lugar. Una mezcla del placer, de la satisfacción, del buscar reconocimiento en otras mentes y de la necesidad imperiosa de saber que aún estaba vivo, pero para cuando la tuve en la lengua, Marina ya se había dormido.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Sobre mi (el yo de verdad)

  Dicen que el tiempo no pasa en vano. Yo me lo creo aunque tampoco le he dado muchas vueltas a ello. A día de hoy, me paro unos segundos y pienso que el presente pasa rápido, el futuro llega en pausa y el pasado se transforma en un abismo enorme del cual nunca puedes ver el fondo. Nueve años desde que te fuiste sin decir adiós y en nueve años uno puede hacer muchas cosas. 

 Hace nueve años. Eso es mucho tiempo, aunque para mi el tiempo pasa y punto, transcurre sin más, sin importarle lo que pasa en la vida de la gente. Lo que sucede tienes que valorarlo tú. Lo que yo pienso sobre estos nueve años es lo que opinarías o lo que dirías si me vieras ahora. He dejado de vestir con ropa deportiva y sin planchar, abandonando esas camisetas Umbro amarillas y naranjas. Ahora soy de camisas gruesas y tejanos, camisetas NBA y gafas marrones. Cambié el acné por una perilla mal recortada y algo de pelusilla debajo de la nariz. Camino recto y no desgarbado aunque soy menos expresivo corporalmente hablando. Tampoco hago ya las tonterías que hacía para llamar la atención y siempre que puedo intento pasar desapercibido. El silencio me acompaña y lo he hecho mío. Soy un enamorado del jazz, blues y soul, un ingeniero de frases y versos que crea sentimientos con el corazón desnudo y el alma recubierta de sueños. Soy nostalgia que sonríe no menos de cuarenta veces al día. Conocí nuevas rutas y nuevas personas, me moví a Malgrat, Blanes y Girona por deber y por ganas de buscar nuevos retos, viajé a Toronto y Roma para encontrar nuevos paisajes que describirte cuando volvamos a vernos. Llegué a licenciarme el pasado año en historia aunque tú te quedaste en mi primer objetivo de ser periodista. Mejoré mi crítica, intenté ser mejor persona de lo que fui ayer aunque no siempre lo conseguí. Me he mirado muchas veces al espejo y pensar en el fracaso, en lo poco capacitado que estoy para dar un paso al frente. He llorado al borde de la cama por ser incapaz de saltar muros, por no llegar a la meta o por llegar a ella usando atajos. También lo hice por personas que se fueron y por personas que jamás tuve. Estuve a punto de tirar la toalla una vez tras otra, quedarme sentado al borde de la senda sin saber hacer nada más que oír el lamento del mar. Estuve asomado a un pozo, a punto de saltar pero no lo hice. Tampoco me dejaron. Me llevé de ti la buena educación y el saber dar el doble de lo que pido y conseguí gracias a ello, gente que jamás me abandona (y a los que estoy y estaré eternamente agradecido). A parte de todo esto, ahora también conduzco un Polo gris, sigo jugando a la consola, miro películas que a poca gente le gusta y escribo en este blog todo lo que tengo y todo lo que soy. He creado realidades y dimensiones paralelas al son de Ismael Serrano y me sorprendo fácilmente, cada vez que veo algo increíble. Aprendí a valorar la experiencia por encima de las demás cosas y así disfruté de la universidad, del Pedraforca y sigo haciéndolo del baloncesto. Intento inculcar algunos valores de los que me regalaste a críos que empieza su idilio con el aro y el balón naranja. Soy adicto al café, a Neruda y al amor. Y hablando de amores, tuve el primero con una cajera que mataba las horas actuando en un teatro bastante feo. Hablé con la cara oculta de la luna y me dijo que buscase bien el motivo sobre el cual escribo. 

  Nueve años dan para mucho. Podría estar escribiendo eternamente sobre todo lo que me ocurre en el día a día. Recuerdo la vez que fui a visitarte. Hacía tiempo que no sabía nada de ti y al verte el mundo se volvió loco o del revés y yo me desorienté, sin saber en qué dirección debía correr para escapar de mi realidad. Quería llegar a la esquina más cercana y doblarla, no sé si por vergüenza o por miedo. Quizás fue por ambas cosas. Hay muchas cosas que me gustaría contarte y me encantaría que supieras pero quizás deba priorizar y decirte lo más primordial: te echo de menos mamá. 
Cuadro Retrato de la madre del artista de James Abbot

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Entierro

  Metió todos sus muñecos dentro de su vieja mochila que usó en su etapa colegial. Juntó todas las libretas llenas de frases escritas por sus manos y las tiró al contenedor azul. Ahí mismo fueron sus libros de sociales, naturales, lenguas y matemáticas que le habían acompañado durante la primaria. Los álbumes de portadas alegres y que tanto esfuerzo le había costado confeccionar acabaron en la basura. Recogió las numerosas prendas de ropas y se las llevó al vecino del primero para que su hijo las aprovechara. Con mueca seria y unas sandalias bajó al barrio y empezó a regalar sus colecciones de cromos, chapas y canicas. Guardó todas las fotos en una caja de zapatos y la escondió en un lugar del cual jamás volvería a acordarse. Dejó todos sus sueños abandonados en la cuneta más cercana y asesinó a los monstruos que vivían debajo de su cama. 

  Mató al niño que llevaba dentro y empezó a sentirse totalmente vacío.

domingo, 3 de noviembre de 2013

Confesiones a la vieja usanza [III]: El precio del tiempo

  Siete días pueden pasar de muchas maneras dependiendo del contexto. No es lo mismo un minuto a solas que un minuto sin ti. Y así con millones de ejemplos más. El contexto resulta determinante para el paso del tiempo de una manera u otra. El reloj miente constantemente y el calendario me resulta totalmente innecesario si quiero vivir el presente. Ambos son solamente el resultado de esa fea costumbre que tiene el ser humano de querer medir todo aquello que le rodea para tener así una cierta apariencia de control sobre lo incontrolable, porque el tiempo no se puede controlar de ninguna manera, igual que tampoco se puede medir en su justa medida: el concepto del tiempo es algo banal e insustancial en todos los ámbitos teóricos posibles. Es algo que pasa y pasa, y nadie lo puede detener, ni hacerlo retroceder o hacerlo avanzar más rápido. ¿Se han imaginado alguna vez el fin del universo? Dejarían de existir las personas (buenas y malas), los animales y cualquier organismo vivo, el pasado sería destrozado y no habría futuro. Nadie podría leer los versos de Espronceda ni se volvería a oír la trilogía del Anillo de los Nibelungos de Wagner. Inutilizadas quedarían teorías como las de Einstein o Freud, a la vez que Maquiavelo perdería todo sentido. Se derrumbaría la torre Eiffel y nadie admiraría El Grito de Munch. La Sirenita se llenaría de polvo y se iría deteriorando hasta desaparecer y la películas de James Dean no evocarían emoción alguna. La Tierra terminaría siendo engullida y todo el universo tras ella, como si un gran agujero negro se lo zampase de un solo bocado. Nada quedaría para recordar, nada quedaría para olvidar. Incluso la esperanza sucumbiría ante tal desastre irremediable. Y en cambio, en esa absoluta nada que resulta ser inimaginable para cualquier hombre, el tiempo seguiría transcurriendo como si nada hubiese ocurrido, ajeno a toda desesperación y en medio del vacío total. La única diferencia erradicaría en que no habría nada ni nadie que pudiese medirlo: nada de relojes, teléfonos o calendarios... El tiempo, entonces, se transformaría en lo único existente en ese vacío. Pero aún sin ese control, seguiría atado a su destino que no es otro que seguir avanzando eternamente, ya no como segundo o como minutos si no como tiempo en todo su conjunto. Lo que desaparece son todas las medidas que atan al tiempo y que sirven para catalogarlo en un sitio u otro, en una zona u otra de la línea temporal que nos ata a la vida. Se pierde la capacidad de crear puntos fijos, situaciones irreversibles a la vez que desaparece el presente, el pasado y el futuro. Nadie podrá modificar su paso lento, como si de un reo condenado a muerte atravesase un pasillo infinito que le lleva al sitio donde se le condenará.

  Planteado de este modo quizás resulte un tanto desordenado, confuso y poco claro. Pues bien, nada podría evocar mejor (en el supuesto que resultase confuso) a mi yo en estos momentos. El tiempo puede pasar tantas veces como quiera que a uno no debería importarle. Lo importante tras tanta parafernalia filosófica y reflexiva, es lo que se hace en ese lapso de tiempo, sea cual sea la medida, sea cual sea la ubicación. Lo único que nos pertenece es nuestro presente y la capacidad de realizar cosas por nuestra cuenta. Lo voy a intentar simplificar: el tiempo no nos pertenece y jamás lo hará porque es algo que compartimos con el resto del universo aunque desconozcamos de su existencia. Lo que es nuestro es lo que ocurre dentro del tiempo. Un minuto como ente es algo vació, irrelevante. Un minuto son sesenta segundos. ¿Y qué son sesenta segundos? Pues son y serán lo que uno decide hacer en ese tiempo. No tiene sentido hablar de horas si no de lo que sucede dentro, y nadie puede darle valor a ese concepto fuera de nosotros y lo que hacemos, ya sea con gente o a solas. No importa donde estés ni adonde vayas, el minuto siempre será el mismo en su forma y solamente variará su contenido según el context que uno decida.

  Y ahí van mis motivos. Yo he vivido cada uno de esos motivos con una mezcla entre melancolía y nostalgia traicionera, regada con abundante tristeza. Pero entre tanta desolación siempre hay cosas que se pueden rescatar. Sonrisas, abrazos, un café o el sol de noviembre. Esta no va a ser la mejor etapa de mi vida si me quedo quieto, igual que este tampoco será el escrito más bello del mundo. Tampoco pretendo ni una cosa ni la otra. Es más una imperiosa necesidad que tengo de gritar y ponerme a divagar por los almacenes de mis recuerdos. Un montón de teorías que quizás algún día, a alguien que existe o existirá, le pueden llegar a interesar. Soy plenamente consciente de que hay cosas imposibles de medir o simplemente no hay motivo para hacerlo. Igual que hay cosas que son complicadas de transmitir aunque uno lo intente una vez tras otra. Yo he nacido con la suerte de poder escribir por placer y vivir acurrucado en una cuneta esperando a que la inspiración me llegue y me lleve a paisajes hasta ahora desconocidos. Y la inspiración aparece como tantas otras cosas, como un antojo de embarazada que sin saber el motivo está ahí y existe. Igual que millones de coses que no hemos visto y que nunca hemos llegado a imaginar. Cantidades ingentes de personas que pasean en calles poco visitadas. No sabemos el porque ni tampoco tendremos pruebas de ello, pero allí están, con sus pensamientos y sus historias.

  Y el ser humano aparece en la historia con su vana pretensión, en una ceguera y atado a un complejo de Dios de proporciones imposibles de concebir, intentando entrar en las entrañas del tiempo sin darse cuenta que las herramientas que ha creado lo siguen midiendo de forma inexacta. Tan inexacta que incluso sin funcionar podrían acertar dos veces como un reloj parado lo hace con la hora. Un día todo ello desaparecerá, los minutos, las horas, los días y los siglos de los siglos quedaran vacíos de historia, de sucesos. Entonces será cuando el tiempo se manifieste en su más pura e infinita expresión.