Pandora abriendo la caja y dejando escapar lo único que quedaba preso en ella. Llegamos tarde y nos sentamos al final de la clase. Para molestar. Para que nos dejen en paz. Para hacernos notar. Para vivir. Para revivir.
miércoles, 27 de agosto de 2014
viernes, 1 de agosto de 2014
Canon en Re Menor de Pachelbel
La carretera está plagada de gente, de agobiante multitud que camina en dirección a la playa para coger un buen sitio desde el cual poder ver los fuegos artificiales que van a iluminar el cielo en dos minutos exactos. Él baja la mirada y camina en dirección contraria. Sin rumbo, con música de Outlanidsh en los oídos, inexpresivo. Cruza alguna mirada con la gente que se pregunta hacia donde se dirige ese joven de paso regular y ritmo lento. Algunos comentan algo acerca él, otros le señalan directamente. Da lo mismo lo que piensen, él camina en dirección contraria al mundo por decisión propia. Quizás sea su error, quizás sea su acierto. Sea lo que sea, le va a pertenecer para siempre. Empieza la fiesta. Primer ruido de petardos y él gira la cabeza de forma momentánea. El ser humano siempre reacciona igual ¿Cuántas veces habrán visto esas personas unos fuegos artificiales? ¿Cuántos entenderán su arte? Y todo quedan embobados con la mirada fija al cielo esperando a la próxima explosión de luces y colores. Él vuelve a girar la cabeza y piensa en lo bonito que sería el mundo si la pólvora se utilizase solo para fiestas.
Suena el Canon en Re Menor de Pachelbel desde un tercero.
Ella se sienta un momento. Está lloviendo mucho. Llueve sobre mojado, llueve sobre ella. Las calles están desiertas de personas, el mejor paisaje posible para ella. Cansada de gente deambulando con prisas yendo a ningún lado. Se muere por dentro cada vez que ve la ciudad de color gris. El cielo está muy tapado. No parece una tarde de verano aunque si fue una mañana de ocho de agosto. Nunca lleva paraguas. Los pies están empapados. Mira sus zapatos y sabe que va a tener que tirarlos en cuánto llegue a casa. Su ropa transparente y cualquiera puede verle sus prendas interiores. No son las mejores que tiene pero tampoco le importa que alguien le mire las bragas. ¡Cómo si alguien no hubiese visto unas bragas ya! Quiere fumar pero es evidente que bajo el chaparrón no va a poder dar ni un calo. Bueno, no va a poder ni encenderlo para empezar. Mira al vació con pocas esperanzas. Se levanta con todo el peso del bolso mojado mientras gordas gotas caen sobre su cabeza y se deslizan por su pelo para llegar al suelo. Se quitas los zapatos y los calcetines y los deja sobre el banco de piedra. Arranca a caminar chapoteando por los charcos del camino.
Alguien se sienta al piano y toca el Canon en Re Menor de Pachelbel.
Se agarran de las manos y se miran a los ojos. No aguantan mucho rato, la vergüenza y el miedo les puede. Ella se recuesta sobre la puerta del coche. Es de madrugada, la cabeza le da vueltas pero puede ver la cara de su chico con claridad. Él le busca la mirada, juega son sus dedos por sus hombros y de vez en cuando le aparta el pelo de su cara. Ella le agarra la cintura. Están esperando a una estrella fugaz a la que poder pedirle un deseo. El de ambos es el mismo pero ninguno de los dos quiere ser el primero. Hace rato que no tienen conversación, se dedican a pensar en un lejano futuro cuando ellos estén juntos, desnudos en la cama mirando el techo blanco de sus habitaciones. Alguno habría pensado en como quedarían sus apellidos juntos. Pasa un rato, se miran y vuelven a apartar la mirada. Diría que hay tensión en el ambiente. Quieren ser una persona en dos cuerpos pero algo les impide. Él se empieza a cansar de la situación pero no hace nada para remediarla. Ella está incómoda con esas manos. Los lunares del cuello de la chica empiezan a coger formas repugnantes, la constelación de sus pecas evocan a imágenes asquerosas. A él le apesta el aliento y el desodorante empieza a dejar de hacer efecto. Su voz es ronca, antes era mucho más suave. Dudan. ¿Qué es esto? Se quieren pero no quieren quererse. Se miran por última vez antes de que él le dé la espalda y se marche por la boca negra del callejón que queda a la derecha. Ella se decepciona. De ambos salen lágrimas amargas que marchitan flores de plástico.
Un poeta escribe escuchando el Canon en Re Menor de Pachelbel.
Son un grupo de amigos. Más bien de hermanos. Unidos por una misma cosa, distintos entre ellos. Hay algunos que trabajan, algunos que estudian, otros que ni una cosa ni la otra. También piensan de forma distinta, tienen diferentes ideologías, diferentes religiones, diferentes objetivos. Pero ellos se reúnen como forma de vida, como rutina, como hábito. Se pasean por las calles como si fuesen suyas. Nunca buscan problemas, no buscan líos. Prefieren pasar desapercibidos a menos que la situación requiera lo contrario. Se ríen de ellos mismos con recuerdos varios, con locuras pasadas y personas pasajeras. La gente va y viene pero ellos caminan juntos. Jugaban juntos. Se conocen a ellos mismos, a sus familias, sus situaciones, su vida entera. Son la familia que ellos mismos han escogido. A veces cambian su destino o su punto de encuentro: cenas y cines. Han sentido la alegría de conocer a alguien nuevo, de acogerlo. Han sentido el dolor de ver a alguien partir para siempre, de perderse por el agujero del tiempo. Han sentido impotencia por perder algo que no van a poder recuperar. Comparten muchas cosas, no temen al futuro, se agarran al presente como única forma de vida, se emocionan y siguen asombrándose de las pequeñas cosas. De vez en cuando son sinceros y confiesan que se echan de menos. Miran a la vida y esquivan a la muerte jugando entre lirios y laureles mientras rezan y esperan que Dios no se olvide de que existe.
Un músico amateur mata el Canon en Re Menor de Pachelbel.
sábado, 12 de julio de 2014
miércoles, 9 de julio de 2014
Mañana por la mañana (un círculo interminable)
Es té blanco. Seguro. Siempre pide lo mismo y es té blanco. Podría ser negro pero todavía es por la mañana así que es blanco. Por la tarde suele variar a té negro, rojo y el segundo miércoles de cada mes pide un café con leche de soja. De frente pierde algo de belleza. No mucha, pero la justa y necesaria para no llamar la atención y para que muchos chicos y algunas chicas se la quiten de la cabeza y pasen de ella. Está leyendo una obra de García Márquez. No hace mucho, la semana pasada, terminó un recojo de cuentos de Matute. El primer libro que leyó era una obra de Katherine Neville bastante tocha. Le da sorbos cortos a su té blanco. No sé si por placer o por la temperatura del agua, el caso es que siempre tarda una barbaridad en terminárselo todo. Cuando se lo acabe cerrará el libro e irá al lavabo. Como siempre. De camino me pedirá alguna cosa para picar. Tardará lo suyo, es bastante indecisa con la comida. Igual pide algo dulce que algo salado, algo casero que algo prefabricado. Luego descubrirá que su tetera y su vaso ya está recogido y su pedido encima de la mesa tapado con una servilleta. Se sentará y volverá a sumergirse en su lectura como siempre hace.
Me pregunto cuál será su nombre. Es una chica bastante guapa, no se maquilla, no se cuida demasiado tampoco. Al menos su aspecto físico. No viste demasiado bien, no mira por los detalles. Es complicado de explicar con palabras... Por ejemplo hoy. El cuello de la camisa no está bien ajustado, tiene uno de los puños bien abrochado pero en el otro ha juntado un botón con el agujero que no era, lleva el pantalón por encima del calcetín izquierdo, la coleta a medio atar... Descuidada quizás sería la palabra correcta. Tiene el pelo desordenado y no parece importarle. Nunca se ha pintado las uñas, ni los ojos, ni los labios, algo poco corriente para una chica de unos... ¿Veinticinco?
Cuando toquen las ocho es decir, de aquí a doce minutos, seguramente empezará a recoger sus cosas, lo meterá todo en su bolso que es bastante grande y feo, de un color marrón horrendo y que no conjunta nada con lo que lleva puesto normalmente. Se levantará casi con majestuosidad. Sorprenderá a los demás clientes del local si es que hay alguno porque nadie se había dado cuenta de que ella estaba ahí cuando entraron. Da igual la edad, da igual el sexo, da igual todo, aquí lo que importa es la persona y esa persona seguro que va a quedar hipnotizada en el momento en que se inicie la secuencia. Ella permanecerá alejada de aquellas miradas que la atraviesan, inconsciente de que todas se dirigen hacia ella y su figura. Irá a la barra por última vez, sacará su monedero negro y pagará al contado. Quizás hoy deje propina. Los lunes y los viernes siempre deja pero hoy es martes así que no puede saberse. Acabará saliendo perdiendo todo el estilo y el resto de los clientes, antes atraídos y embelesados por sus movimientos volverán a su rutina habitual.
Y el narrador de esta historia inventada, imaginando y creando esa misma mujer una vez tras otra volverá a olvidarse de ella hasta que un día vuelva a aparecer en forma de musa profética. Una mujer que no existe en ningún otro mundo que no sea el suyo. Una mujer irreal, que no se puede abrazar, que no se puede besar, que no se puede amar. En el mar de la imaginación andará el escritor recordando que debe olvidar a esa mujer porque pocos placeres son comparables al de olvidar a esa musa casi perfecta para volver a recordarla.
viernes, 20 de junio de 2014
El filo del abismo
Tocan las nueve de la noche. Mi padre está preparando la cena y yo estoy sentado en mi habitación, con los cascos puestos y manteniendo distintas charlas por las diferentes redes sociales que tengo abiertas. No hace mucho que vuelto de estar contigo. Hace tiempo que no te veía, casi pensaba que me evitabas por algún motivo. Supongo que la época de exámenes y la distancia no facilitan las cosas. Te voy echando un poco de menos. Hoy ha sido todo muy cordial, un hola qué tal, un abrazo fuerte, un beso en cada mejilla y el típico intercambio de sonrisas. Llevabas el pelo un poco más corto de lo habitual. No importa. Luego del saludo, lo mismo de siempre: paseo, café, la reflexión en la playa, otro café y la despedida. Abrazos, abrazos y recuerdos a tu familia. Si, también hace mucho tiempo que no sé nada de ellos. Antes me los encontraba caminando por el pueblo, ahora ya ni eso. Tú tampoco te dejas ver mucho y eso complica las cosas. A veces siento temor de volvernos a ver y pensar que quizás ya no sea lo mismo, que te has olvidado de como funcionaban nuestros engranajes. Puede ser que un día no te acuerdes de mi nombre.
Mi padre me llama. Iré a cenar y luego volveré a esto. Bueno no, en realidad iré a dormir, estoy cansado de escribir.
Tocan las doce. He intentado dormir y no he podido. Me he ido a la ducha e intentado relajarme más aún poniendo un CD de Beethoven. Noto que la calma invade hasta el último punto de mi cuerpo. Estoy en stand by y aún así sigo escribiendo. No me viene el sueño... Ha pasado una hora desde que me incorporé de la cama. Me calzo y salgo a la calle sin paraguas pese a que está lloviendo. Pongo la mano antes de salir con el cuerpo entero. Es lluvia fina. Camino sin un rumbo preestablecido mientras rescato algunos recuerdos atesorados. Es impresionante lo que uno puede llegar a guardar dentro de su cabeza: pienso en ti y en todos los lugares en los que te vi. A la vez me cuestiono cuando empezó esta afición por escribir. Ahora mismo estoy lleno de sentimientos y vacío de palabras. Y las palabras huecas no significan nada. Me pregunto si es la inspiración la que acude en tu ayuda o si eres tú quien debe salir a buscarla. Quizás la inspiración seas tú. Tal vez se esconda porque muchos la acosan. Yo escribo líneas sobre líneas sin albergar esperanza alguna sobre este texto, que será la mayor mierda del mundo. ¿Cuándo me alejé tanto de mi verdadero propósito? ¿Cuál es el motivo que me empujó a escribir?
Llego a casa y un montón de ideas se agolpan en mi cabeza. Mi libreta rebosa frases, fragmentos, palabras, expresiones... Las leo con cuidado, las anoto y todas me parecen flojas, malas, horrendas. Siento cierta impotencia. Dicen que el arte debes dejarlo fluir, no forzarlo y que así seguro que saldrá todo bien. También he oído eso de que va a épocas. Y una mierda, el escritor que se dedica a escribir lo es porque sabe hacer fluir su arte, no porque el arte le fluya sin razón alguna. Entre los pensamientos aparece tu silueta, tus curvas perfectas, tu melena atada en cola de caballo, tu sonrisa y tu boca cerrándose para morder la pata izquierda de tus gafas de pasta. Joder, yo con mi frustración y tú ahí, sonriendo, calmada, despreocupada como si nada pasara. Ponte en mi posición una vez y mira el mundo con mis ojos, a ver si así me entiendes. Quiero escribir y no puedo...
Entro en el lavabo otra vez. Miro el reloj digital que me dejé delante del espejo: las dos y veintitrés minutos. Ni idea de cuanto llevo absorto en mis pensamientos y no me importa. ¿Qué hago con todo lo que me rebota en la mente? Lo quiero tirar ya, vaciar la cabeza de tonterías, recordarte como lo hacía antes y empezar de forma correcta y ordenada. No es la primera vez que lo intento. ¿Cuándo te hiciste tan grande? ¿Cuándo me enamoré de ti? Me pides que camine a tu lado pero yo ya no puedo. Me he abandonado en la senda de la vida por querer meterme en la tuya. Estiro la mano, toco el horizonte pero tú ya estás más allá. A ratos te paras, te giras y me sonríes. Y yo me cago en la puta porque sé que no voy a llegar por mucho que corra. No es un tema de distancias, es un tema de realidades apartadas la una de la otra. Me caigo, corro, ruedo, choco, insulto al pasado y piso al futuro con tal de alcanzarte. El presente me supera, me supera, me supera. Y con todo esto, yo incapaz de escribir. Miro el horizonte sentado en una barandilla. Si no te puedo pillar por lo menos me voy a parar, a respirar y a ver como tu sombra se mueve al son de las Cuatro Estaciones mientras se aleja cada vez un poquito más de mi. Rezo para que la inspiración venga conmigo y me diga al oído que ha venido a salvarme de mi mismo. No va a ocurrir, pero yo sigo rezando como un condenado a muerte inocente de su crimen.
Me resigno. Me pongo de rodillas. Inspiro hondo, cierro los ojos y meto la cabeza en la taza del váter. Tiro de la cadena y, con los dedos cruzados, espero que el remolino que tanta mierda ha tragado en esa casa se lleve también toda la mierda que deambula por mi cabeza.
martes, 6 de mayo de 2014
La araña, la mosca y la mariposa
Esta es la historia de una araña pequeña, muy pequeña, casi inexistente. Era una araña de color marrón aunque apenas se sabía. Vivía entre dos ramas de un bosque y ahí tejía su telaraña día tras día. Aunque se esforzaba mucho, la araña era muy torpe y siempre se equivocaba en algo así que se pasaba la mayor parte del tiempo haciendo y deshaciendo su obra. A veces, cuando estaba a punto de terminar aparecía un niño y la arrancaba. Otras veces se ponía a llover y tenía que refugiarse para no ahogarse. Siempre que pasaba esto último observaba desesperanzada como el agua destrozaba cada uno de los hilos que tanto le había costado entrelazar. Para no morir de hambre se comía algunas hojas secas pero le apetecía cazar alguna mosca despistada y poder darse un buen festín.
Un día de verano y tras semanas de esfuerzo, la araña pequeña consiguió terminar una telaraña decente y válida. Miró su obra orgullosa y se posó encima de una hoja esperando a que una presa se viese enredada por la trampa.
El primer día nada sucedió. Tampoco lo esperaba, pero aquello no la iba a desanimar. Esperó y esperó.
El segundo día pasó un hombre cerca de la telaraña. A punto estuvo de destrozarla. La araña había sentido el pánico de una manera muy próxima. Tuvo suerte que desvió los pasos justo antes de chocar con su trampa mortal. Durante aquel día observó como ese hombre que se había parado cerca para tomar un respiro se dedicaba a hacer sus cosas. Bebía agua, se colocaba bien la gorra y abría una caja de plástico donde suponía la araña que guardaba su alimento. También vio como reaccionó ante la presencia de moscas y mosquitos, sobretodo de las primeras. La araña pequeña, al ver como las espantaba con la mano se dijo:
- No me extraña. Tienen las alas feas, hacen un ruido molesto y solamente comen mierdas. Tienen unos ojos brillantes horrendos y un color grisáceo que dan ganas de ponerse a llorar. ¿Quién las iba a querer? - Se quedó pensando un rato. - Nadie - se volvió a decir.
En aquel momento apareció una mariposa revoloteando cerca de aquel hombre. Este no hizo ademán de asustarla, mas al contrario, parecía invitarla a sentarse cerca a compartir ese momento. La araña pequeña, observando la escena se volvió a dirigir a si misma:
- ¡Oh! Mira que bonita. Tiene unas alas amarillas preciosas, vuela sin hacer ruido. ¡Cuánta elegancia al moverse! - sintió cierta envidia. - Nada que ver con esas apestosas moscas, la mariposa merece nada más que la admiración de el resto de la fauna. ¡Cuánta belleza, qué colores, que alegría desprende!
Al tercer día la araña pequeña se dirigió a su telaraña y, asombrada, vio que había capturado a dos presas. Sabiendo que era pequeña y que con una sería más que suficiente, decidió que perdonaría a una de ellas y a la otra se la comería para saciar su hambre. Escaló por los hilos y se dio cuenta que había atrapado a una mosca y una mariposa con alas amarilla. Dudó un instante y fue hacía la mariposa primero. Ésta le dijo con voz apenada:
- Araña, araña, ¿no irás a comerme, verdad? Mira que alas tan bonitas tengo, mira con que elegancia soy capaz de moverme. Mira como floto, como los animales me quieren cerca y me admiran. Nunca molesto, soy agradable a la vista y todos me quieren. Sálvame y cómete a la mosca que no hacen nada más que molestar.
La araña se quedó mirando a la mariposa. Era muy bella y ella lo sabía. Se giró y decidió comerse a la mosca. Fue hacia ella, pero el camino se le hizo eterno. No estaba tan lejos, solamente que la araña pequeña iba pensando por sus ideas y casi no se dio cuenta de a que velocidad estaba avanzando. Incluso cuando la tuvo de frente, la araña pequeña seguía sin abrir la boca. Ya sabía que se iba a comer a la mosca pero el cuerpo no le respondía. Atenta a esto, la mosca decidió reaccionar:
- Araña, araña, ¿me vas a comer, verdad? Yo lo entiendo, es mejor salvar a la mariposa. Es una buena elección, ella es bonita, hermosa, es elegante y nunca molesta. Ojalá fuese como ella y pudiese dibujar en el aire como hace. Pero no, yo nací mosca, animal desagradable, solamente comemos mierda y molestamos a la gente. Araña, araña, si vas a comerme, cómeme, pero salva a la mariposa para que el resto de animales puedan disfrutar de la belleza de sus colores.
Y la araña, sin decir nada, dio media vuelta, empezó a caminar hacia la mariposa y se la comió empezando por esas alas tan bellas y alegres que tenía.
sábado, 26 de abril de 2014
Tiempo muerto
Treinta y nueve minutos con cuarenta y tres segundos llevas de pie. Suena una bocina fuerte, se tensa el ambiente, se muere el tiempo. Te encaminas hacia el banco, lento, concentrado. El marcador te enseña lo que hay y lo que queda: un empate y diecisiete segundos para que todo llegue a su final. O no. Te falta el aire y necesitas agua. Coge asiento, mira la pizarra, estira la mano y pide una botella a algún compañero. Se te nubla la vista a veces, la mente se te queda en el blanco. El olor del rotulador te llega a las fosas nasales y te marea. Gritos, bombos, trompetas y toda clase de griteríos a tu espalda. Cuelga una pancarta. No recuerdas ni lo que pone, no recuerdas ni quien hay en pista. El entrenador grita. Necesitáis concentración, necesitáis morir en la última acción, necesitáis ganar. Te acuerdas: "coño, tengo sed". La botella está en tu mano "¿Desde cuándo está ahí?". La miras mientras inspiras, expiras, inspiras, expiras, inspiras... Acompasa tu respiración al ritmo correcto. Mira la pizarra, presta atención a las indicaciones. ¿Dónde estás? Hay un doble bloqueo con continuación y luego una especie de pick'n'roll. ¿Quién coño los juega? ¿Eres tú? Busca tu inicial en el campo de plástico. A ver, a ver... Míralo, ahí está. Eres el que pone el balón en juego. El compañero de al lado te rodea con el brazo, otro te da un golpe o una caricia en la cabeza. Bebe agua, estruja la botella con fuerza, coge el tapón, ciérrala y lánzala detrás del banquillo. El entrenador vuelve a gritar, "estad atentos, intensidad, hay que morir". Ya lo sabes, no hace falta que te lo digan, tú siempre vas a morir, juegas duro, vas sin miedo y lo peleas todo. Otra bocina suena. Han pasado muchas cosas, se ha hablado mucho y tu cabeza ha ido dando tumbos. Vuelve el griterío en las gradas, el bullicio, los ánimos, los insultos y los cánticos. El árbitro se acerca con el balón y te lo va a dar en cualquier momento. Recuerda, estar concentrado, tienes cinco segundos para revivir el balón, de poner en marcha el tiempo. Y después de eso, diecisiete segundos que se pueden hacer eternos, que pueden hacerse muy cortos. Diecisiete segundos para determinar algo tan simple y tan importante (a la vez) como quien va a salir ganador y quien no.
Foto de Íñigo Mujika
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