sábado, 30 de mayo de 2015

Confesiones de biblioteca (VII)

No todo el que escribe es escritor pero el escritor debe escribir para considerarse como tal.


Cuadro de Albert Anker

miércoles, 13 de mayo de 2015

El chico que creció de golpe

El chico que creció de golpe nunca sintió la soledad como algo suyo, ni siquiera la veía como algo real y posible. Andaba siempre entre distintas personas, nunca había sentido el dolor y viajaba con el corazón desnudo, con la sonrisa pura de un niño. Pese a que se hacía mayor el mantenía sus ilusiones y sus sueños intactos. No tenía miedo a nada, no se asustaba y seguía teniendo esa dulce ingenuidad de quien se sabe feliz. Una tarde de otoño, cuando caían las primeras hojas y se sacaban las bufandas, el chico que creció de golpe descubrió que era el dolor. De camino a su casa un par de jóvenes le atracó a plena luz del día. Apenas tenía un par de monedas y una bolsa de comida pero fue suficiente para experimentar algo de miedo. Cuando llegó a casa se miró al espejo y se dijo que iba a ser más precavido a partir de ahora. Con el corazón envuelto en paja, el chico que creció de golpe siguió paseando por su pueblo, más precavido pero con la misma sonrisa. Andaba cauto pero seguía conociendo personas y sitios, seguía enamorándose de paisajes y libros mientras miraba a derecha e izquierda. Una noche de invierno el chico que creció de golpe se encontró con sus padres llorando desconsolados en el salón. Desconcertado se preguntó a que venían tantos lloros. Apenas pudieron responder cuando su mundo se empezó a venir abajo poco a poco. Y él quieto, atado por unas enormes cadenas de hierro que le impedían salvar todo lo que quería. El destino sopló y voló la paja que recubría su corazón sincero. El chico que creció de golpe no pudo nunca despedirse de su hermano, ni en las numerosas pesadillas en las que él perseguía a aquella silueta que tantas veces le había defendido y tanto le había dado. Tardó en recomponerse. Ahora conocía al dolor, le había mirado a la cara y le había saludado. Incluso llegaron a tener roces de madrugadas. Sentía el miedo y aquella gente que le rodeaba en gran número fue disminuyendo. Se había vuelto más rudo, más triste, más agresivo. Había días en los que quería desaparecer de la faz de la tierra y no volver a sonreír jamás. Su corazón quedó cubierto por tablas de roble recién talado y entraba aquel que obtenía el permiso del chico que creció de golpe. Volvió la primavera, volvieron las flores, los brotes de las hojas, las golondrinas y el sol que cegaba. Llegó la alegría a las calles, las terrazas se llenaban de chicas con vestidos estampados y chicos que las devoraban con la mirada desde el bar de enfrente. Se veía a gente leyendo en los parques y el renacer del pueblo con sus fiestas. Era normal patear las calles estrechas para llegar a la feria, comprar manzanas caramelizadas y algodón de azúcar. En el ambiente de extrema felicidad que se vivía el chico que creció de golpe se sentía más arropado pese a que también notaba el peso de la soledad desde que su hermano partió. La relación con sus padres se había vuelto más fría y apenas podía contar con nadie. Se sentaba cerca de algún árbol mientras miraba la multitud de transeúntes disfrutar de la vida. Una mañana de esa primavera triste, el chico que creció de golpe supo que era estar completamente solo. Aquella mañana sus padres quemaron la casa con ellos en el interior. Miraba la escena estupefaciente, casi como si fuese mentira. Iban las llamas avanzando y el retrocediendo poco a poco hasta que le dio la espalda a su hogar y conseguir arrancar una carrera que iba a ser el largo camino de la huida que nunca debería haber sido como tal. Los vecinos lo miraban, sus antiguas compañías le señalaban con el dedo, no podía oírles pero sabía bien que se compadecían de él, de todas las desgracias seguidas que le tocó vivir, de como la alegría partió en barco y naufragó, de como la felicidad voló con alas de Ícaro y terminó estrellándose contra el suelo. Los pasos del pasado ya no pisaban tan fuerte, no iba a comerse el mundo, no miraba la la luna buscando su sonrisa. El destino volvió a soplar con fuerza y derrumbó esa casa de madera donde su corazón se había refugiado. Largo tiempo pasó de la última visita que recibió o  así lo sentía él. Construyó una casa de cemento para que su corazón pudiese llorar solo, sufrir y aprender a estar solo. Numerosas personas tocaron a su puerta pero nunca volvieron a saber de él. Y el chico que creció de golpe no dio símbolos de vida, sentado en su mansión esperando a la esperanza que nunca vino porque realmente nunca se fue. Lo que pasaba es que nunca antes la necesitó. 

miércoles, 29 de abril de 2015

La vuelta


  Tras deambular por la vida he vuelto al lugar que me corresponde, a casa, al sitio que me acoge siempre con cariño. He vuelto a abrir la libreta de rimas, de versos, de canciones, he vuelto a ponerme los cascos para escuchar a Nach, a Silvio, a Ismael y a ese sinfín de poetas y genios que me ayudan a inspirarme. Me he adentrado en multitud de retratos, de fotografías y de cuadros que expresan algo más que el vació que se esconde tras el horizonte que soñamos. He vuelto tras aprender a dosificar mi alegría y a llorar con cuentagotas. Me he perdido en tus ojos, en la constelación de tus pecas, cabalgando hacia la eternidad. Me he preguntado que es lo que necesitaba para regresar, para deshacer mis pasos y volver a sentarme en el escritorio y vaciar la sangre del bolígrafo encima de hojas en blanco. La respuesta era tan simple, tan sencilla, tan obvia que jamás la hubiese encontrado de no ser por un montón de recuerdos que se agolparon a la mente, de no ser por compartir experiencias con distintas personas en diferentes días de la semana. No era trazar el camino por la misma senda si no crear una distinta, un nuevo camino de retorno que me diese nuevas imágenes, que me diese nuevas vidas, nuevas sonrisas y nuevas decepciones. He tomado decisiones arriesgadas, me he prendado de la misma chica una vez y otra, he vuelto a oír canciones, me he perdido en cuentos de Matute y divagado mientras leía Platón. 

  Estoy aquí, una versión más intensa, más agresiva y más crítica. Tengo el valor de presentarme tras meses de ausencia inesperada. Un caradura que desaparece que cuando más le necesitan sin dar explicaciones y vuelve esbozando una mueca. Durante el camino volví a saber que es el miedo, sentí el dolor en mis carnes y mis entrañas se han vuelto a retorcer con las memorias de personas a las que quiero. Con un funeral más a mis espaldas, con un saco de experiencias vividas, de tiempo que pasamos juntos sin siquiera saberlo. Iluminación acústica a pequeños momentos de la eternidad. Ya no me someto al tiempo, he quitado las pilas al reloj, he borrado los números y he quemado todos los calendarios que tenía a mano. Y aquí estoy de nuevo, tratando de escribir lo que he vivido en estos últimos días. La de cosas que me he encontrado a cada paso, de las cosas que se han ido perdiendo en la marea eterna del friso cronológico. Lamentando las oportunidades que perdí, nostálgico del presente que no existe, hundido entre papeles y libros. He vuelto a compartir lo que no es mío y a dar más de lo que recibo. He vuelto a abrazar por necesidad y a ser sincero por decreto. He vuelto a llorar en público sin miedo a lo que pensasen de mi. Y si, he vuelto a reír con mis hermanos de otras madres por los momentos vividos y por los que vamos a vivir. 

  He vuelto porque el pasado no me importa. El pasado ya no nos lo quita nadie querido amigo. No pienso en el futuro. No pienso en lo que me voy a perder cuando yo desaparezca porque suficiente tengo con no perderme nada mientras ando en este suelo. Paso de rozar el cielo, prefiero el calor de los míos que el calor que me da el sol. Prefiero bañarme en sentimientos puros que en agua de lluvia; soñar y ser el hombre araña saltando de tejado en tejado y asaltando a ladrones de estrellas, ser yo mismo sin ataduras y sin reemplazo. Prefiero echarte de menos ahora que hacerlo mañana. Y aspiro a quererme más hoy que ayer y menos que mañana porque sin amor es imposible amar. Y si todo esto sabe a poco no me queda más remedio que enviarles el nuevo mensaje: jodánse porque estoy de vuelta. 

domingo, 15 de febrero de 2015

Mi vida y mi muerte (y un violín ajeno a mi)

Hay veces que uno se ve atraído a una melodía, a una canción y lo hace de forma inconsciente hasta que se descubre escuchándola una vez tras otra. Quizás nos evoca recuerdos emotivos, quizás sentimientos reencontrados, quizás ambiciones o quizás la más absoluta nada. Cada vez estoy más seguro de que es imposible no llorar al son del violín mientras agudos y graves penetran en los oídos de las mentes más inquietas. Para ellas escribo, para ellas existo. Estaba mirando el techo anhelando ver el cielo a través de él, apagué la luz para contar estrellas pero ahí arriba no había nada. Ni una nube, ni la luna sonriente (o entristecida), ni una alma que consolar, ni una persona que debiera consolarme. A veces me planteo el hecho de ser yo. Yo contra mi yo, el ego me consume cada día mientras arrojo trozos de mi corazón dentro de una botella que lanzo al mar para ver si alguna musa soñada acude a la eterna llamada del poeta (o escritor, o lo que Dios quiera que sea) errante que solamente busca calmar su sed. Muero mientras las más famosas asesinas en serie de la historia siguen libres en este mundo. En este mundo, en el tuyo, en el mío y en el de todos. ¿Acaso no pertenecemos todos al mismo? ¿Acaso no todos los mundos creados por cada uno de los humanos que habitamos el planeta no terminan fluyendo hacia uno solo? Entonces, ¿para qué tanto ímpetu en ser diferentes? ¿Por qué buscamos la fama, el ansia de reconocimiento, el ser especiales, el ser mejores? Tal vez necesitemos ser el centro de atención, el ombligo de ese mundo tan grande. Pero solamente tal vez, los habrá que no deseen estar allí y prefieran pasar desapercibidos aunque nunca se sabrá si es esa su naturaleza real u otra manera de llamar la atención. Siempre se ha buscado ser el más importante de tus amigos y se debería buscar ser el más importante para ellos. 

No entiendo a que viene tanta pena y tanta lástima. Gente que se compadece por no tener, por no poseer. Gente sentada mirando a los ojos de aquellos que pasan por el camino pidiendo limosna. El tiempo pone cada uno en su lugar ciertamente, al final todos muertas, amarillentos, rígidos, ojos cerrados y enterrados. Y en mil años ni huesos, ni cenizas, burda existencia sobre este mundo. Sin rumbo, sin sueños. ¿Cómo iba a soñar en mi mundo? No existe la felicidad, no existe la libertad, no existes tú. Y aquí estoy, tratando de invertir los papeles de esta película, tratando de matar al tiempo mientras el tiempo me mata a mi. Los hay ahí afuera que van pidiendo oportunidades y se excusan en condicionales de y si que jamás existieron. Un puedo y no quiero constante define a estos perdedores que no quieren sonrisas si son sinceras, que prefieren los falsos abrazos a las puñaladas verdaderas. La falsedad entraña ilusión, mentira, la verdad es experiencia. Todos tenemos lo que nos merecemos. Y todos terminaremos muertos. Nuestras vidas terminan diluyéndose como azúcar en café. Quien teme a la muerte debe saber que no debería preocuparse tanto: es inevitable. Quien se asuste por la incertidumbre de no saber que hay detrás de ella (si es que hay algo) debe saber que no somos pocos los que compartimos ese temor. Ese temor que esconde horizontes a los cuales no queremos ni llegar. Una vez muerto caerás en el olvido eterno, nadie volverá a saber de ti. Tal vez aguantes una o dos generaciones y después se acabó, nadie te recordará, nadie te visitará y terminarán construyendo una calle, una plaza, un bloque de edificios o un taller de automóviles encima de tu deteriorada tumba. Lo peor de todo es que todo lo que hayas sido en vida no va a importar. Cuando mueras vas a perder tus recuerdos y tu identidad, vas a quedarte sin historia propia a la cual abrazar y pasarás a ser un don nadie a quien nadie quiere. 

La muerte no deja de ser algo deprimente. Ya en cuadros y en series te a dibujan y pintan como un ser triste, vestido con capucha negra y segando vidas a diestro y siniestro. Ineludible, cuando viene a buscarte mejor vete con ella sin rechistar que tu tiempo se ha terminado y sonríe porque llorar ya lloraste al nacer y tienes que equilibrar la balanza. En cambio a la vida nadie la dibuja. Tal vez cada uno tiene su propia idea de como es su vida. La mía me la imagino como una puta de carretera, follando con desconocidos por cuatro duros y una caja de cigarros. Sin futuro, sin sueños, sin sonrisa, sin sentimientos. Sabiendo que más temprano que tarde terminará abandonada en una cuneta y acabará muriendo de hambre o de frío sin que sus familiares más cercanos lo sepan. Nadie se debe acordar de ella. Ahora es una chica más o menos joven, más o menos guapa dependiendo del momento. Se pasa el día entrando y saliendo de coches ajenos mientras se la tiran en el asiento de detrás. Ella pone cara de aburrimiento y gime haciendo ver que siente placer. Pero hace tiempo que dejó de sentir. Ahí está mi vida, paseando por la Nacional II, siendo el fracaso en persona. Su mirada transmite decepción y sus gestos cansancios. No espera un cliente, espera a alguien que se la lleve lejos de allí. O espera a alguien que le arranque los ojos para no volver a ver ese mismo paisaje que lleva viendo los últimos quince años y que tanta mierda le trae a su cabeza.

 Y a todo esto, el maldito violín de inicios sigue sonando entre graves y agudos. Nadie se va a acordar de este texto de aquí unos años. En un siglo nadie se acordará de que yo existí. La muerte sigue esperando y será puntual a su cita. Espero que se trajee como mínimo y se ponga un buen perfume porque el camino se nos va a hacer muy largo. Y mientras caminemos, charlando sobre anécdotas que sentí en mis propias carnes, tanto que parecían reales, mi vida seguirá follando con desconocidos hasta que las tetas se le caigan y nadie quiera pagar a esa vieja amargada por tener sexo. Y así, con una caja de cigarros vacía y una de condones sin estrenar termina huyendo a un paraje mejor, cambiando de paisaje porque el viaje de la vida no es una carrera contrarreloj si no un paseo con el reloj. Procuren disfrutar de su vida y de si mismos tanto como yo lo estoy haciendo (aunque pueda parecer que no).

sábado, 20 de diciembre de 2014

Oda a un escritor triste

Casi me juré no volver a escribir. Casi. No lo hice por aquella máxima que dice nunca digas nunca, tan típica como real. Aquí estoy, empuñando pluma y papel, dispuesto a hacer algo que no hago en mucho tiempo. Si, dos meses sin escribir pasan como un tortuoso camino que te lleva al abismo de los infiernos, en compañía de malas personas que ríen a tu costa. Durante el periplo me di cuenta de lo importante, de lo vital que es para mi el escribir. Porque soy un negado en todo (incluso esto), porque soy patético utilizando la boca en lugar de las manos, porque mientras menos escribo, más callo, y cuanto más callo, más daño me hago. No escribir es un acto a lo bonzo, un kamikaze sin esperanza que busca estrellarse lo más rápido posible, tratar de ser héroe, morir y ser recordado hasta el fin de los días. Escribir es todo lo contrario, es un acto solidario en que uno expresa algo que otros escuchan y opinan.

No escribo por mi. Nunca lo he hecho, nunca lo hago y nunca lo haré. Y si, es un desafío a la máxima de nunca digas nunca. No valgo tanto la pena como para dedicarme unas líneas. Una persona que no puede escribir con una sonrisa no merece un texto. Una persona que se deja arrastrar por un bucle de tristeza interior, que no lucha a contracorriente si no que se deja llevar y disfruta del viaje... Alguien así no merece unas líneas. Yo escribo por gente que vale la pena, por ella, la que juega con su cigarro mientras revisa sus mensajes. Unidos por el hilo rojo de su pelo, su media melena, su perfil que roza la más absoluta belleza. Me pide que diga algo y yo estoy sin habla. La veo vivir y eso es mi vida, verla mientras ella se aleja. Aprovechar ahora que la distancia es más corta porque pronto estaremos sentados uno frente al otro y yo ya no podré verla. Ya no podré sentirla, mi voz olvidará su nombre y mis ojos verán una sonrisa imperfecta. En remotas galaxias nos hallaremos, en realidades paralelas, en dimensiones distintas, en mundos mudos que no se reconocen. Ese espacio mío que habito yo con mi yo y mi tristeza.

En esa soledad mi ego escribe montones de hojas que se queman más tarde por no poder satisfacer sus ansias de grandeza. Todo está creado, todo está inventado, todo está escrito. No creo en el destino y sé que no debo esperar. Lo que tenga que venir... Igual no viene. La luna sonríe de las desdichas que sufro, a cada paso, a cada minutos, a cada segundo, a cada paso... Siempre en dirección opuesta a mi. ¿Qué seremos? Quizás meras sombras de una relación que existió un día y dejó de hacerlo de pronto por mi incapacidad de transmitir lo que tengo muy adentro. Vuelve a dejarme sin habla, vuelve a hacerme sonreír, vuelve a quitarme las ganas de escribir que no quiero ser triste, no quiero seguir en la prisión del bloc de espiral ni de un bolígrafo Bic que me lanza furtivas miradas cada vez que lo abandono. Dame motivos y dame esperanzas, mírame y agárrame la mano, no me dejes solo. Otra vez. Y si la vida da mil vueltas que dé mil y una para poder volver a encontrarte, y si las oportunidades vuelan que vuelen alto hasta que tengan que caer en mi regazo mientras leo a Delibes a la sombra de un ciprés alargado. Fugitivo del folio, guárdeme cerca de ti, en un abrazo o en una caricia que soy de los que no molestan, de los que se conforman con verse reflejado en tus ojos una noche de cruel invierno, esperando a que llegue la primavera y con ella, las mariposas que salen del cascarón del estómago para salir por la ventana de mi boca. 

No castigues más a mi orgullo sonriendo a otra gente. Sugiero un encuentro en el cielo, con platillos de neón y sillas de madera, bolsos de terciopelo y un pedazo de algodón de azúcar. No soy mejor por ser nadie, ni soy peor por dejar de serlo. Me levanto cada mañana con un nudo en la garganta y su imagen en el techo blanco de mi habitación mientras en otra habitación perteneciente a otro mundo ella se acurruca y se esconde bajo una fina sábana de seda. Violines cuando entro en el lavabo, camino despacio para recrearte lentamente, deseando que una luz cegadora me borre de la memoria todas y cada una de sus visiones, pidiendo que ojalá pueda olvidar su voz, que las calles borren sus huellas. Demacrado, desarmado y desalmado, así vivo el amor y el dolor. Dolor fruto del amor, me mira y me sonríe. Puñal y daga me atraviesan siempre en ese instante, deseando por medio segundo que ella pueda leerme la mente. Y en ese instante se levanta una breve brisa, yo olvido todo lo que siento, lo aparco y me limito a ladear la cabeza de vez en cuando. El reloj marca las horas (y no debería), apurando las últimas décimas me sale no decirle nada, no tocarla, no abrazarla y no quererla. Y mientras ella se despide, yo avanzo por el corredor de la muerte como un reo que anhela llegar al final de ese estrecho y maloliente pasillo, convencido de que nada es tan insoportable como vivir una vida triste.

domingo, 28 de septiembre de 2014

La última vez

Esta es la última vez que escribo. Estoy cansado de escribir. Me aburre, me frustra. Antes sentía la necesidad de expresarme, quería hacer oír mi voz a través de sueños escritos en la arena que las olas se llevaban lejos, muy lejos. Yo volvía a escribirlos una vez tras otra pero el rugido del mar siempre terminaba borrando hasta su último vestigio. No quiero escribir, no me aporta absolutamente nada, me hace perder el tiempo y tengo poco. El tiempo es oro. Ya le gustaría al oro ser tiempo igual que ya le gustaría ser al tesoro un amigo. Creo que todos los escritores lo son por alguna razón, creen que merecen serlo, quieren serlo, aspiran a serlo, les motiva serlo. Serlo y sentirlo dentro de sus entrañas, letras tatuadas en la piel, rimas escondidas en el alma, leyendas, mitos y prosa. No sé si se ha dado el caso de que un escritor se le quitan las ganas de serlo y tampoco sé muy bien que hay que hacer para dejar de serlo. Antes escribía, ahora ya no. Supongo que si en el presente no escribes dejas de ser escritor.

Este es mi último relato, mi último texto. Antes escribía para dejar escritos sentimientos que nadie quería escuchar, pensamiento que no sabía explicar si no era con una pluma. No creo que a nadie le importase de verdad lo que yo escribía como dudo de que alguien le importe que este sea mi último texto pero a mi tampoco me importa. Yo escribo por mi, por mi y por nadie más. Claro que hay gente que me empujó a seguir escribiendo pero creo que más por mi que por ellos. Obviamente no busco la gratitud de la gente externa pero nunca es mal recibido un halago igual que tampoco se rechaza el abrazo de una madre o la sonrisa provocada por personas errantes que entran y salen de tu mundo. Escribir aburre cuando no tienes registros, cuando no tienes ideas, cuando no puedes escribir cuando quieres si no cuando lo necesitas. 
Es la última vez que lo hago. Escribir el dolor que siento, mis penas, mis alegrías, mis alergias, mis carreras contra el reloj en intento vano de sobrevivir a la vida. En mis últimos escritos hay más deleite personal que sentimiento. No escribía nada que no tuviese dentro de la cabeza, un mundo imaginario infinito, de altas cotas y de enfrentamientos entre mi ego y mi egocentrismo. La vida se escapa entre líneas una tierna mañana de octubre. Las palabras llegan a lugares donde nadie ni nada puede hacerlo y quizás sea esta la mejor lección que he aprendido durante estos años en que he ejercido de escritor. Nadie me va a quitar el triunfo de haberlo intentado. Quedarse en el camino creo que es normal en gente normal. Los normales somos mediocres, y los mediocres lo dejamos todo a medias, no cerramos nada y no intentamos nada. Los escritores normales mediocres encima tienen la gran capacidad de no cambiar la realidad por miedo a perder los motivos para escribir. Como escritor normal y mediocre he huido a una realidad alternativa porque quería seguir escribiendo sin tocar nada del mundo real. ¿Estoy enamorado? Bien, escribo sobre el daño que hace el verte y el no tenerte. ¿El tiempo pasa? Genial, escribo sobre su crueldad y de como nos quita, poco a poco, a nuestros seres más queridos. ¿Sucede algo bueno a nivel anímico? Mierda, no tengo como expresar el optimismo. 

Los escritores normales y mediocres siempre terminamos igual: cansados y aburridos de esquivar. Algunas duran meses, otros años, pero al final uno deja de escribir porque no quiere seguir perdiendo el tiempo. Este es mi último texto, mi último relato, mi última confesión. Una vez leí que el número tres es el número perfecto. El dos es demasiado simétrico, el uno es de soledad, el cero es de pesimistas y cuatro son multitud. El número tres, de forma inconsciente, resulta ser perfecto. El escritor normal y mediocre normalmente lo usa. Siempre escribe algo así como sentimientos que se lleva el viento, pensamientos que se reflejan en un espejo y la mirada severa de un padre. Tres, número para esconder carencias y hacer ver lo que no somos.

Si, esta es la última vez que escribo. La última vez antes de que mi yo me vuelva a reclamar delante de una mesa armado con papel y bolígrafo. Y mientras espero el momento, me voy a ir acomodando con café en mano, un libro de Kafka y una famosa melodía de Beethoven. Y en mi inconsciente seguirá pensando en lo mismo: tres, tres y tres. 

Fotografía Jacqueline du Pré de autor desconocido.

martes, 2 de septiembre de 2014

Recopilación de tristeza avariciosa

Soy un monólogo constante, un artista al micrófono sin público al cual dirigirse. Una película de serie B, una mentira tras otra entre miradas seductoras y principios que se venden al mejor postor. Vivo solo, aislado en la cabina térmica de mi habitación, rodeado de motas de polvo y unas sábanas amarillentas del sudor. Soy persona imposible de amar e imposible de odiar, vuelo raso entre la decepción y el fracaso que vomita en la taza del váter a cada salida del sol. Un sorbo de licor blanco para mirarme en el espejo y darme cuenta de que doy asco. Nauseas. Sonrío por compromiso y desde que te fuiste no he vuelto a ser el mismo. Navego por tu pelo hasta tu ombligo y danzo la palma de tu mano esperando el momento en que decidas cerrarla y morirme de golpe cual soldado en guerra. Mejor hacerlo rápido que agonizar por las calles vacías de tu cuerpo. Construiré mi cripta y que me entierren hasta que vuelva a olvidarme de ti. Las paredes llenas de escritos incompletos, en el aire versos que se escaparon de su tumba sin rumbo fijo, en el suelo las lágrimas del conde que perdió su condado porque la diosa fortuna no le ayudó con los dados. Atrapado en la mente que no para de vomitar ideas, letras dando tumbos hasta que yacen en una hoguera llena de la nada. Soy un pesimista que contagia ataques de risa o un escritor libre con el alma de vagabundo triste. Enfermo terminal de la nostalgia y la pena, soy feliz con mi tristeza y hasta amarme me da pereza. Seduzco a las musas con poesía profunda, versos rescatados del limbo de los escritos fallidos que se quedaron a medias tintas, escritores fallidos que nunca tuvieron talento aunque ellos creyeran que si. No soy un inventor de versos más bien un arquitecto de las palabras que las enlaza de forma aleatoria hasta dar con la frase que llegue a tu yo interior. La tinta de mi bolígrafo terminará tocando tu fibra. Francotirador en posición de lanzar vocablos para llamar tu atención, provocarte reacción y llamar así al amor. Cada vez comprendo más cosas y cada vez me siento más incomprendido Trabajo a sueldo y de noche que es cuando los llantos se vuelven más sumisos, no escondas tu cara tras esas gafapasta que tapan la cara y los gestos de expresión que son la inspiración para mis textos desmotivados sin motivos aparente. 

Mejor solo que mal acompañado y no hay peor compañía que la de la soledad. Su trono yace ocupado y su corona reposa en la cabeza que algún desgraciado, desalmado o destinado a sufrir en silencio los males de este mundo. No. Tienen alma de cobarde y palabras de león que no ruge ni maúlla. Como persona un desastre, como escritor un sastre de la intangible hasta transformarlo en visible, como ente endémico que desata pandemias basadas en la ignorancia. Leíste demasiado, pensaste demasiado, hablaste demasiado y ahora eres el raro. Soy especial, muy especial, especial de día a noche, de enero a diciembre. Especial en mis actos, en mis adicciones, en mi juego, en mis apuestas, en mi forma de ser. Tan especial como todos. Tan especial que soy normal, como todos. No te gustan los locales de alterne donde miles presumen de ser diferentes, prefieras la calma y la tranquilidad al abismo de tu consciencia. La última mañana que me dejaste fue todo un drama, tumbado en la cama viendo tu espalda, jugando con tu pelo y con mis dedos dibujábamos nuestros trazos del futuro que se fueron como la mierda desaparece por el retrete. Corazones encerrados en un puño chocaban contra cerebros enfundados en cota de malla en duelo a muerte para decidir quien de los dos tenía la razón. Mis sentimientos se enganchaban a los tuyos y juntos recorrían cada rincón recóndito de tu piel, se metían en cada poro hasta transformarse en sudor y así, por fin, ser uno entre tanta materia. Suciedad interior, suciedad exterior, quería matarte y ahora quiero volver a enamorarte y volver a enamorarme. La crueldad del destino quiere seguir jugando al azar con cartas trucadas para ver quien será el príncipe de tu reino. Refugiado entre muros de piedra y hormigón construí una fortaleza para resistir al asedio que comandaban tu sonrisa y tu mirada pero para cuando terminé mi castillo tú ya eras la princesa y yo un rey destronado, arrastrándome por el suelo en busca de alguna moneda mientras me embriago con el olor de tu perfume. Pieza del puzzle que no encaja, el último de la doble fila, el primero en quemarse por volar demasiado cerca del sol, alcanzando sueños imposible, transformándolos en severas pesadillas, patético ser humano que intenta ser más que parecer pero perece en el intento vano de quererse a si mismo por encima de todo lo demás. Egocéntrico absoluto porque mi yo se enamoró de ti, de tus andares, de tus piernas, de tu pelo, de tu sonrisa y del reflejo del espejo que devuelves mientras te lavas los dientes. Te imagino, te sueño y te siento más viva que nunca, te abrazo, te beso y te quiero, luego me caigo, me despierto y veo que todo es mentira.

Si mi vida es un monólogo bienvenidos a ella, pues no es mala compañía la peor de ellas, que incluso tras estar tiempo viviendo en eterna soledad, hasta este se vuelve en buena compañera. Que nadie me diga que no tengo motivos para dedicarte una sonrisa. No busco llenar tus bolsillos con algo tan vacío como el dinero, invierto lo que puedo en vivir buenos momentos y en buena compañía. No lamento mis oportunidades perdidas. Tampoco lamento las oportunidades que no tuve. A nadie se las dieron, porque tanto damas como caballeros, buscaron en el sabor de la derrota el sentimiento de victoria.

Cuadro de Vicente Palmaroli, Gustavo Adolfo Bécquer en su lecho de muerte.