lunes, 16 de septiembre de 2019

Campos de castaños


- No kimono. Yukata.

  Lo dijo con una voz insistente. Yo, un turista más perdido por Kyoto, no sabía distinguir entre una prenda u otra. A mi ambas me parecían lo mismo. Unos rojos, otros amarillos, con motivos florales o con figuras geométricas. Yukatas o kimonos, yo era incapaz de diferenciarlos. Pero ella estaba indignada y me hablaba en un tono de indignación al ver que a mi todo aquello me parecía lo mismo.

- What's the difference? -le pregunté.
- Mmmmmm... Expensive.

  Me hacía gracia preguntarle cosas porque gesticulaba mucho. Usaba los brazos para hablar y me parecía maravilloso que lo hiciese a cada pregunta que yo le hacía. Además ponía esa cara de sorpresa como quien no se cree que está en ese sitio y en ese momento. Miraba alrededor con una expresión de incredulidad, como si no supiese como había llegado a sentarse en ese escalón y a hablar con un extranjero en un día de verano japonés. Estuvo como tres minutos o cuatro minutos pensando en como explicarme lo que tenía en mente, buscando la fórmula correcta, la traducción exacta para evitar confusiones. Sinceramente, cada vez que esta situación se repetía (y no fueron pocas veces) no podía hacer nada más que admirarla y sonreír. Pero empecemos desde el principio.

  Viajé a Japón en junio, estación de lluvias en el país del Sol naciente. Tuve suerte y apenas cayeron cuatro gotas en la primera semana. Tras mi estancia larga en Tokio me moví a Kanazawa donde pasé tres noches para acto seguido moverme a Kyoto, quizás la ciudad que más me interesaba de todo mi recorrido. Y no me decepcionó en absoluto. El tercer día tenía planeado ir al famoso bosque de bambú en Arashiyama pero una lluvia fina y unos nubarrones amenazantes me hicieron abortar el plan inicial. En lugar de ir a un sitio de cielo abierto tiré por museos que tenía en lista para días posteriores y así fue hasta que bien entrada la tarde el sol empezó a asomar entre dichas nubes y esa fue la señal para volver a cambiar el plan. Aguardaba el Fushimi Inari, seguramente el templo más famoso de la región y prácticamente de Japón entero.

  Volví al albergue donde me alojaba para dejar el paraguas y aproveché para cambiarme la camiseta. Pasé por el Seven Eleven y me llevé una botella de agua conmigo. El día ya había mejorado y yo ya estaba preparado para pasarme toda la tarde y parte de la noche, pues las vistas del Fushimi al anochecer son altamente recomendables. Cogí dos trenes y en media hora estaba subiendo las escaleras que conducían a la plaza principal. De ahí fui escalando la montaña por el túnel de toris rojos que tantas veces habían visto en fotos. A medida que iba avanzando por el camino la gente se iba retirando. Y cada vez menos personas subíamos escaleras con la idea de llegar al punto más alto. Cabe decir que a cada cierto número de escaleras había un sitio pequeño con alguna máquina expendedora, tienda de souvenir, bancos y tablas de piedra dedicadas a dioses varios. Fue en una de esas donde me la encontré. Estaba yo mirando un dibujo que escenificaba el ascenso y marcaba donde estábamos y el tiempo estimado de llegada. Quedaba bastante recorrido aún cuando ella apareció detrás mío para decirme:

- Loooooong.

  Y se rió. No entendía muy bien que sucedía, no sabía porque me había hablado y tampoco sabía que decirle. Era evidente que quedaba un buen trecho aunque tampoco me parecía largo como tal. Fuimos subiendo, a veces ella delante mío con su falda azul marino y su blusa blanca, con su bolso negro y pequeño colgándole del antebrazo y sus deportivas. Me parecía demasiado chic para estar subiendo el monte. Otras veces ella se quedaba detrás mío aunque ninguno de los dos perdía de vista al otro.

  Hasta llegar a mitad del recorrido que nos quedaba. Se abrían dos caminos distintos. Yo elegí el que se abría a la derecha, ella fue por el central. No nos volveríamos a ver hasta llegar a la cima de todo donde creí conveniente hablarle. Sinceramente, me supo mal que ella se hubiese mostrado amable y simpática allí abajo y yo hubiese pasado de su cara así que hice el enorme esfuerzo de abrir conversación. Y bajamos juntos por el mismo camino por el cual yo había subido porque a aquellas alturas me parecía que se lo debía. 
 
  Una vez abajo, nos sentamos en unas escaleras y empezamos a hablar largo y tendido de varias cosas mientras los mosquitos me acribillaban las piernas. Me explicó sus viajes y yo a ella los míos. Nuestras vidas, trabajos, estudios y todas las cortesías. Me enseñó la diferencia entre un yukata y un kimono. Se rió de varias cosas, me reí de otras tantas. Me hablaba con el traductor del móvil pero siempre evitaba usarlo aunque debo decir que fracasó estrepitosamente. Hablamos mucho. Yo pensaba en lo maravilloso que es el mundo, lo fascinante que era a mis ojos el estar a miles de kilómetros de mi hogar escuchando a alguien hablar de sus sueños. Alguien que no había existido hasta cuatro horas antes, porque antes de verla siempre había sido un número más. Y pensaba en lo fantástico que sería hablar con cada persona y conocer su vida. 

  El Fushimi estaba radiante debajo de la negra noche. Quedaba ya poca gente por la zona. Algunos se nos quedaban mirando mientras nosotros quedábamos encandilados por el templo. Le sacamos unas fotos y sentí que no quería que se acabase el momento. Pero se debía acabar. 

- Misato Kurihara. - me dijo. - Kurihara means... Fields of chestnuts.

  Sonrió, regalándome una postal que jamás podré fotografiar. 

  Misato Kurihara sonriendo en plena noche con el Fushimi Inari de fondo.

lunes, 27 de mayo de 2019

Desaparecidos: Lila


  No había ninguna duda de que Lila estaba enamorada de Julen. Lo estaba desde el primer día que cruzó el umbral de la puerta de la copistería donde hacía horas extras y costearse la carrera. No había nada que no le llamase la atención, sus facciones eran perfectas, ancho de hombros pero tan fino que rozaba la delicadeza de la porcelana. Sus pecas, su pendiente de aro, su tono de voz... A Lila le gustaba todo eso. Su lenguaje corporal era tan fluido como un río en el deshielo, sobrio, seguro; su lenguaje verbal educado, sin usar palabras malsonantes y siempre dando la información clara y concisa. Desde luego había sido un flechazo para Lila y ella así lo sentía cada vez que él entraba a imprimir o fotocopiar apuntes. Supo que estaba haciendo educación musical, una no solo se fija en la persona si no también en lo que trae. Necesitaba sacar el máximo de información posible para forzar un encuentro casual y quizás tener una conversación fortuita, entablar contacto y aproximarse a ese chico que tanto la hacía suspirar. Óbviamente no era tarea fácil. Lila suponía que Julen usaba el servicio de copistería en épocas finales donde trabajos y examenes se acumulaban a partes iguales, momento en el que ella reducía drásticamente su jornada laboral pues sus estudios de ingeniera no iban a aprobarse solos. Y aún suponiendo esto nadie podía asegurarle a Lila que Julen iba a venir pues es bien sabido que las bibliotecas tienen sus propias fotocopiadoras. Incluso pudo haber ido a otra copistería. Así pasaba las noches Lila tumbada en la cama, pensando en como abordar al joven y sin saber por donde empezar. Así se arrepentía Lila cada noche al llegar a casa porque era consciente de que Julen había aparecido en la copistería y ella lo había tratado como a un cliente más sin saber que quizás era la última vez que lo vería desfilar delante de ella. 

  Pasó un año. Pasaron dos años. Julen seguía acudiendo a la copistería sin fijarse en Lila. Y Lila veía a Julen y no podía quitarle los ojos de encima. Pero no sabía nada de él, no sabía cuales eran sus aficiones, que lugares frecuentaba ni nada de nada. Y más que eso, no había hecho absolutamente nada por averiguarlo. Uno podría pensar que tras dos años coincidiendo en el mismo sitio (y casi en las mismas fechas) podrían haber intimado algo más, quizás preguntas normales que se hacen o hablar del tiempo que siempre es una salida. Pues no era este el caso porque Lila no sabía cuando podía interrumpir a Julen y éste no le prestaba demasiada atención a lo que sucedía a su alrededor. Entraba sonriente, pedía por favor que le hiciesen unas fotocpias de esto y de aquello y salía diciendo adiós y con la misma sonrisa con la que había entrado. Una pena para Lila pues le era imposible entablar una conversación con su amor cada vez más platónico.

  Durante todo este tiempo y prácticamente sin quererlo, Lila se había ido ausentando de sus círculos más próximos. Estaba desencantada con la carrera que había elegido, cansada de sus amigas que presumían de novio y bolso, harta de su familia que la menospreciaba en favor de su hermano mayor. La gente lo notaba y le preguntaba. Lila negaba sin demasiada energía, tampoco era problema de los demás. Era algo que tenía que solucionar ella y no lo iba a hacer. Ni ahora ni nunca. Estuvo navegando durante días en la monotonía en la que se había transformado su vida. Acudía a clase, estudiaba los temarios, realizaba los trabajos y aprobaba con buena nota. Llegaba a casa, se encerraba primero en el baño y luego en su habitación de la cual solamente salía para cenar delante del televisor mientras su hermano afinaba la guitarra y volvía a meterse en su refugio personal. Y lo único que la animaba a no quedarse todo el día postrada en su cama era la posibilidad de cruzarse con Julen. 

  Sucedió durante el tercer año. La vida de Lila iba cuesta abajo, se la veía abatida por las calles, arrastrando los pies como si su alma le pesase toneladas. En mitad de la calle vio a Julen por primera vez fuera de la copistería. Su paso ligero y su pelo paja le dijeron que era él. Iban a cruzarse cara a cara y no sabía donde meterse. Había esperado ese momento durante tanto tiempo que ahora quería huir y dejar esa situación guardada en su imaginación. Deseaba que permaneciese inalterable en la realidad que había creado durante largas noches en vela. Pero iba a suceder. Se iban a cruzar y era inevitable porque ella ya no era dueña de su cuerpo. Julen la miró como intentando recordar de que conocía a esa muchacha pequeña y con vestimenta hippie. Ella le miró a los ojos y le respondió con un movimiento seco de cabeza incapaz de recordar. Lo que Lila había esperado una eternidad terminó en apenas unas décimas de segundo. Ella esperó a que su mundo se derrumbase con estrépito pero no llegó a suceder nunca. 

  Lila respiró aliviada. Su mundo imaginario seguía intacto. Se giró para ver a Julen alejarse mientras le dedicaba unas pocas palabras: 

  - Julen, Julen. Que pena que no huelas a mar. 

  Y Lila desapareció de la ciudad como si nunca hubiese existido.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Desaparecidos: Eric

  Conocí a Eric una mañana de octubre en un bar de la ciudad. Era una mañana más propia del verano que del otoño que asomaba en el horizonte. La gente paseaba por la ciudad con los jerséis en la mano, en manga corta en su gran mayoría. Algunos refugiaban sus ojos tras unas gafas de sol. Los sábados por la mañana me gustaba bajar al centro a darme un paseo y ver como la ciudad de transformaba en una amalgama de personas, animales y materiales. Me perdía como una más, me fundía con el mundo y perdía los sentidos dejándome llevar por el sentir general. A veces, como aquella mañana, entraba en un bar a tomarme una infusión y ganarle unos minutos al reloj. Ese día vi a Eric por primera vez. Sentado en la mesa de al lado me sorprendió que no estuviese absorto en su teléfono móvil como la mayoría de gente que se sienta en un rincón en soledad. Intuí que había terminado de desayunar y le quedaban unos segundos antes de volver a trabajar. No supe que era uno de los miembros del local hasta que me cobró con desgana, como si aquello no fuese con él. Tenía dos compañeros, uno pelirrojo, muy risueño y otro con el pelo negro y un pendiente en la oreja izquierda que no paraba de hablar. Salí de allí y fui para el piso que había alquilado. Mi antigua compañera se había largado pero me había asegurado que esa tarde llegaba el nuevo inquilino y que era de fiar. Y yo confié en sus palabras. 

  Llamé a Amelia para que me hiciese compañía. Sabía que no tenía nada que hacer y que iba a aceptar sin demasiada insistencia. A primera vista, Amelia parecía una niña pija y consentida, con su melena rubia infinita y bien cuidada, su falda y sus gafas negras. Era de aquella personas capaz de atraer todas las miradas, de parar el tiempo y congelar el espacio. El hecho de su existencia era motivo de parálisis social. No me apetece mucho hablar sobre como conocí a Amelia ni de como manteníamos una relación estrecha pero lo hacíamos. Al contrario de sus apariencias, Amelia se perdía constantemente en sus pensamientos, perdía de vista el mundo real con suma facilidad, mostraba desinterés en absolutamente todo y no hablaba con nadie. Eludía cualquier sitio donde se pudiese juntar mucha gente y vivía en los tiempos modernos sin redes sociales lo cual yo consideraba toda una proeza. En todo caso, Amelia vino e hizo que el reloj acelerase el ritmo para, por fin, conocer mi nuevo compañero de piso. 

  A las ocho sonó el timbre. Me quedé mirando a Amelia un rato no sé el motivo. Volvió a sonar. Suspiré y me levanté para abrir la puerta del rellano. Aproveché para hacer lo propio con la de casa, para que el nuevo inquilino no tuviese que volver a picar. Me quedé en el sofá esperando a que una señal me avisase de que había llegado. Pasaron unos minutos antes de que Eric hiciese acto de presencia. Él me miró como si fuese la primera vez y me desubicó un poco. Imagino que no se acordaba de mi. Le pregunté por el nombre, sus estudios e le enseñé la casa. Amelia seguía sentada y Eric no le hizo ni el menor caso. Me sentí un bicho raro entre ambos, tanto que me cercioné que no había viajado en el tiempo y que seguía en la misma ciudad de siempre. Ninguno de los dos se miró en ese primer día y sin motivo alguno me extrañé.

  Eric resultó ser un excelente compañero de piso. Era genial vivir con él, vivía a su rollo, iba a la facultad de ciencias, trabajaba y hacía los quehaceres de la casa incluso cuando no le tocaba. En época de exámenes se recluía en su habitación pero cuando tenía tiempo libre me proponía salir a tomar algo o a ayudarlo en sus compras. A veces se sentaba conmigo y con Amelia mientras se tomaba un café y escuchaba mis historias pues era la única de las tres que hablaba. No atraía tantas miradas como Amelia pero sin duda era un chico atractivo, vestía bien y tenía una aura de hombre misterioso y solitario. Durante dos años, Eric fue mi compañero de piso y me lo pasé en grande con él. De hecho, me había mentalizado en que se iría cuando yo me fuese pero él se marchó antes que yo del piso. Dijo que se iba a México, un poco a la aventura y a ver que le salía por ahí, que se había cansado de esperar y pensar. Había llegado el momento para él de ponerse a caminar por su cuenta y trazar nuevos lazos. 

  En su último día en casa pensé en hacerle una fiesta de despedida. Me lo pensé, él las aborrecía, así que nos quedamos él y yo en la mesa del comedor con unas cervezas abiertas encima de la mesa y hablando de la vida. Fueron unas horas que guardo en el recuerdo con mucho cariño, sentí que Eric se abría y me explicaba como era su mundo. Sentía casi admiración y la melancolía me apresó entre sus brazos. No quise que la noche se terminase. No quise que Eric se marchase para siempre. Al final, por alguna razón, hablamos de Amelia. Tenía fresca la imagen de ambos sentados en la misma habitación sin dirigirse una mirada. Estuve explicándole la historia, como nos conocimos, como habíamos construido puentes y como me sentía en ocasiones cuando me parecía que en aquella relación daba el doble o el triple de lo que jamás recibiría. Él me escuchó todo ese rato. Al final se levantó para ir a la cama. Le pregunté que pensaba de Amelia. Sin girarse y sin mirarme me respondió:

  -Esa chica... -suspiró -Esa chica no huele a mar. 

  Y se fundió con la oscuridad del pasillo. Ahí terminó mi vida con Eric. No he sabido que ha sido de él.

martes, 28 de agosto de 2018

Desaparecida: Amelia

  Amelia tenía una larga melena rubia y unos ojos azules claros y vidriosos. Su metro ochenta y tres llamaba mucho la atención de los demás alumnos de la facultad y el hecho de que no se relacionase con prácticamente nadie la hacían aún más interesante si cabe. Era un punto medio entre todo el enjambre de personas que corrían por la ciudad. Mostraba la energía justa y necesaria, no suspiraba, no bostezaba, no estaba nunca triste pero no hacía alardes de felicidad. Iba con su botella de agua medio llena para los optimistas, medio vacía para los pesmistas, caminaba a un ritmo correcto y no realizaba movimientos innecesarios. Durante cuatro años había intentado descifrar sus gestos y miradas pero fue totalmente en vano. A veces me quedaba mirándola mientras ella fijaba su mirada a la ventana que daba al porche. Intentaba adivinar que tipos de libros leía, sus aficiones, la música... Absolutamente nada en claro se podía sacar. Encajaba en prácticamente todos los paisajes que uno podía llegar a imaginar. 

  Tanta incertidumbre cansa...

  Amelia y yo compartimos clase y compañeros durante cuatro años que se pasaron en un instante. El primer año me costó adaptarme a la vida en la ciudad pero a partir del segundo año todo fue muy rodado. Conocí gente nueva y mi compañera de piso tenía un don de gentes alucinante que me ayudó a la hora de abrirme. Mis amigos me preguntaban mucho por ella pero tampoco tenía las respuestas que ellos buscaban así que me limitaba a decirles que si querían algo, que se lo preguntasen directamente. Desde el primer curso hablábamos a escondidas de Amelia. En la biblioteca, en las redes sociales, en el bar, en el intermedio... Montones de veces. Nadie sabía quien era, nadie sabía de donde venía. Tengo la imagen bastante desagradable de un compañero intentando entablar una conversación con ella, preguntando y tratando de buscar puntos en común. Amelia ni le miró ni abrió la boca. A partir de aquello la gente la evitaba al máximo aunque los interrogantes flotaban en nuestras cabezas y no se iban a ir a ninguna parte. Los dos años restantes fueron más de lo mismo en la facultad: quedábamos a hacer cafés, salíamos algunas noches, estudiábamos hasta las tantas e invertimos las mismas horas en el FIFA y el Tekken a partes iguales. Nosotros íbamos avanzando y Amelia hacía lo propio, atrayendo todas las miradas hacia ella. Seguíamos sin descubrir un indicio que nos ayudase a averiguar quien era aquella chica. Obviamente habían muchísimos rumores de todo tipo y darles credibilidad era una tontería de dimensiones épicas. 

  Lo que no sabían en mi clase es que Amelia y yo compartimos otro espacio real de aquella época que ahora se difumina. Amelia era la mejor amiga de mi compañera de piso y pasaba horas en lo que era mi hogar en mi etapa estudiantil. Nunca me saludó y tampoco se lo pedí. Hubo un par de días que le pregunté a Carol por ella pero no obtuve una respuesta clara. Desistí aunque Amelia me seguía llamando la atención. A veces me quedaba en salón con ellas sin abrir boca esperando a que surgiese una oportunidad para romper el hielo. Nunca pasó, Carol se encargaba de todo. Ella proponía, ella hablaba, ella hacía, ella deshacía. Amelia se dejaba llevar y luego salía por la puerta en silencio como toda ella, como su aura, como su presencia. Desaparecía por las calles sin que nadie la echase en falta. Yo me quedaba mirando como se mezclaba con la gente desde el balcón y luego me ponía a conversar con Carol de nada. 

  Tres años después de terminar sigo teniendo la imagen de Amelia en la retina y de vez en cuando acude a mi memoria el dibujo de su silueta, su paso y sus gestos. Su melena rubia siempre suelta, sus curvas perfectas se trazaban delante de mi. Snetía su presencia en cada uno de mis silencios. Su camisa blanca, su falda a cuadros, sus Converse, sus ojos azules mirando al vacío... Estaba seguro que todos los que compartimos un momento con ella teníamos ese tipo de visiones. Muy seguro que la admirábamos a ella, le dedicábamos cada segundo sin ponerle un fondo. Amelia se aparecía sin un paisaje, era ella en un fondo de cualquier color que ella quisiese. La última vez que hablé de Amelia fue con Carol. Llevaba un año y medio trabajando en la empresa en la cual sigo actualmente y me la encontré de casualidad dando un paseo por la ciudad. Le pregunté por Amelia y por primera vez Carol me dijo algo que no fue ambiguo:

  -Me habló de ti. Me dijo que no olías a mar. 

  No la volví a ver nunca más.

domingo, 19 de agosto de 2018

Escritores

  De vuelta al pupitre, de vuelta a la vida. A lo largo de la estancia en este mundo pasamos por distintas fases. Cambia el paisaje, cambian los gustos y cambian las personas que nos acompañan en este periplo que se difumina cuando buscamos un futuro próximo. Pero una vez encontramos la afinidad con lo que sea siempre buscamos repetir. O mantener viva esa llama que se ha encendido. A veces incluso buscamos compartirla, expandirla, resaltarla como si nuestro motivo de existencia se basase en ella. Abandonamos parcialmente una serie de historias, cerramos capítulos para abrir nuevas puertas y volver a caminar. Volver a aprender. 

  Quizás escribir sea el acto de trasladar lo que la imaginación dibuja en un papel. Tal vez sea plasmar nuestras vivencias en una hoja. Si es así, estoy seguro de haber dejado de escribir durante un largo periodo de tiempo. Supongo que la mayoría de personas lo entienden así. Yo me conformo con ser capaz de imaginarme escribiendo en mi mente. Veo mis textos y mis palabras amontonadas y pasando como si fuesen diapositivas, algunas del revés, unas rotas, otras difusas... Todo este tiempo he tenido esa serie de imágenes desfilando por mi mente, llegando a desconcentrarme de mis lecturas, distrayéndome de mis pensamientos, rescatándome de una muerte mental casi segura. Si acumulo miedos y decepciones quedan mucho mejor encuadradas y colgadas con un bonito marco. 

  Decía John Coltrane que la mayor mierda de ser artista era la de no poder sentir la obra de uno mismo. El proceso creativo, el mero hecho de vivirlo de primera mano hace imposible conocer si se transmite lo que uno quiere. Es altamente complicado, pues dicho proceso es algo paulatino que no siempre avanza en línea recta. En ocasiones ni avanza. El bloqueo creativo es algo con lo que uno tiene que convivir, así como la frustración de ser incapaz de superarlo. Por eso creo que he dejado de escribir como entiende la mayoría. Mi incapacidad de poner en papel las palabras que flotaban en mi mente, la sensación de no ser digno de seguir escribiendo. Por malo, por cutre, por poco original, por poco creativo... Por mi mismo al fin y al cabo. Pero de todo se sale y en momentos en los que la soledad acompaña siempre es más fácil escribir. Los hay que pueden transmitir una alegría infinita en sus dibujos. Los envidio. Apenas he sido capaz de escribir nada en los puntos álgidos de mi vida. Eso si, creo que cuando uno llega a un extremo nunca antes conocido por el ego es cuando aparecen las mejores obras. Ya sea por una desbordante felicidad, por una ansiedad que te ahoga o una tristeza que rebosa en un mar de lágrimas que ni la almohada puede secar. 

  Así pues, de vuelta a esta senda, bastante más solo que nunca, con los focos alejados y con la sensación de haber sido incapaz de seguir avanzando. Frente a mi debilidad de no mantener a las personas que quiero cerca mío, alejando a todo aquel que me mira con ojos tiernos y sintiendo asco por la imagen que proyecta el espejo cada mañana cuando me cepillo los dientes. Frente a todo ello, la escritura, el café con leche acompañado de tinta azul recorriendo la libreta con migas de bollería industrial. De vuelta al sitio que nunca debí salir. De vuelta a lo único que se ha mantenido fiel a mi a lo largo de mi vida. A saber hasta cuando seré capaz de mantenerlo. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

Remolinos

    Tenía el cuerpo atrapado en el sofá. Un remolino venido de otra dimensión le empujaba hacia los cojines y le impedía apenas moverse. Podía cambiar y estar boca arriba, boca abajo o en posición fetal pero por mucho que lo intentaba seguía sin poder levantarse. La fuerza de la gravedad parecía haberse multiplicado por cien. Hizo un esfuerzo sobrehumano, tenía que ir a llevar a las niñas a la escuela y luego a trabajar. Trató de alzar las manos y no pudo. Trató de rodar para caerse al suelo a ver si así el remolino dejaba de ejercer esa descomunal fuerza pero le era imposible. Más que un sofá parecía una caja de paredes invisibles acolchada. Inspiró hacia adentro y luego sacó toda la energía que le restaba en el cuerpo para abandonar su sitio. Pero falló de forma miserable. ¿Era esa su condena? Movió el cuello y trató de ver qué hora era. Borroso. Las agujas ocupaban todo el espacio, las horas se mezclaban, las rallas de los minutos y segundos se difuminaban. Unas lágrimas saltaron al sofá que había adquirido unos tonos realmente oscuros. Levantó la voz pero apenas emitió un gruñido indescifrable y que no llegó ni a sus propios oídos. 

  Iban a llegar tarde. Sus hijas seguían dormidas en sus camas. Su mujer le dejó durmiendo hacía ya años y solamente su ahínco en triunfar le había mantenido vivo. Sonó el teléfono y esbozó una media sonrisa. El ruido levantaría a una de las dos y entonces le podría ayudar a salir de tal situación. Casi de inmediato oyó unos pasos y la llama de la esperanza se encendió. Afinó el oído para escuchar de que iba exactamente la conversación, casi no podía aguantar la situación. Quería gritar, quería saltar, quería luchar. Quería vivir. Oyó que la hija que había agarrado el auricular blanco hablaba de él, sobre donde estaba. Venía a por él y lo sabía. 

  La hija entró al salón y le echó una ojeada. Allí no había nadie. El remolino ya se había tragado a su padre. 

sábado, 31 de diciembre de 2016

Presente

A Esther y a Núria, por sonreír.

  Estoy corriendo. Es 31 de diciembre y hace frío pero yo estoy corriendo con mis mallas y mi jersey verde chillón. Corro con los cascos puestos mientras mi cabeza va de un lado a otro, desde la automotivación hasta el arrepentimiento. Me pregunto qué demonios estoy haciendo corriendo por las calles donde niños pasean con sus juguetes recientemente adquiridos y grupos de personas se sientan en la terraza de un bar en compañía charlando de forma animada. Mi vecino me despide en la puerta del portal con una sonrisa y deseándome un buen año. Le he respondido de forma cordial aunque tenía prisa. Tengo que correr mientras suena Solanin.

  Es la una de la mañana. Ayer me fui a dormir temprano y esta mañana me he levantado resfriado. El invierno llega aunque a través de los auriculares suenen melodías en manga corta. He salido a tomar algo y a leer un libro de Ishiguro. Antes de volver he comprado pañuelos para parar un tren. Van a ser dos días largos sin que los supermercados abran y hay que aprovisionarse como es debido. Sigo corriendo, cruzando carreteras y esquivando peatones que exhalan humo blanco mientras pasean a sus perros.

  No sé muy bien qué estoy haciendo ni donde lo estoy haciendo. ¿Por qué corres? me pregunta mi yo interior. Quizás para huir de algo o de alguien, quizás para alcanzar a esa persona o atrapar ese momento. Me veo a mí mismo corriendo delante mío a un ritmo mucho más elevado que el que llevo ahora mismo. Intento acelerar pero es imposible. Mi fantasma se disipa en el horizonte sin  que pueda hacer nada. Pero yo sigo corriendo. ¿Por qué corres? No puedes huir de tu pasado y tampoco quieres llegar a tu futuro porque sabes como va a ser, la experiencia se va repitiendo, las ilusiones se van quebrando y las esperanzas se rasgan en un universo finito. ¿Por qué corres? Tus dudas y tus complejos te sujetan de las piernas, y tus brazos no son lo suficientemente largos como para agarrar a tus sueños, sabes que un chasqueó los transformará en una pesadilla. ¿Por qué corres? Sería más fácil lanzarse al vacío del abismo o dispararse un tiro en la sien. Sería hasta poético, aunque no eres más que un mediocre morirías con veintisiete años como tantos artistas famosos. ¿Por qué corres? ¿Acaso es dolor el que te hace ir a buscar más sufrimiento?Sí, no quieres que te alcance pero ya vive dentro de ti. Sabes que por mucho que corras nunca llegarás, tu límite es el suelo, no el cielo. ¿Por qué corres? Date por vencido. Lo único que te va a rodear es la soledad. No sabes hacer amigos, no sabes mantener personas y las culpas de todos y cada uno de tus fracasos. ¿Por qué corres, amigo mío? ¿Por qué?

  La rodilla me está matando. No tengo ningún motivo para correr, debería parar y dejar de forzar. Estoy lejos de casa, casi en el pueblo de al lado pero la rodilla... Los pinchazos me dicen que basta ya de correr, coge el camino a casa y ves caminando. Cojo y enfermo, sudando y perdiendo. Vamos a casa. Pero no quiero dejar de correr pero no sé porque no quiero dejar de hacerlo. ¿Eres feliz? Sí. ¿De verdad? De verdad. Entonces... ¿Por qué corres? No lo sé. No lo sé. No lo sé. Arranco con más fuerza, quiero gritar, quiero llorar, quiero seguir adelante para que todo se quede quieto, que no cambie ni un ápice. Me sonríe una señora con el carro de la compra, un coche aguarda en la esquina y a duras penas consigo esquivarlo. 

  ¿Tienes miedo a morir? ¿Qué es la muerte? Un chas, un abajo el telón, cinco segundos, quizás menos y se acabó todo. ¿Temes morir? No tengo miedo. No lo tengo. Sigo corriendo en este caos interno mirando al frente y sudando. El sol de diciembre pega de forma intensa pero no quema, el paisaje que se abre se hace eterno. ¿Era tan grande la playa? No lo recuerdo. Recuerdo que pensé algo parecido cuando murió mi madre... ¿Tan grande era esta casa? ¿Qué hago metido en cuerpo vacío de sentimientos y lleno de miedos? ¿Qué hago con una mente despierta que solamente piensa en los y si condicionales que están por llegar? ¿Qué hago con la vida?

  ¿Dónde está mi fantasma? No lo sé. ¿Has pensado en las despedidas? No, solamente pienso en correr. ¿No te gustan las despedidas? No, nunca me acostumbraré a ellas. ¿No es la muerte una despedida? Más o menos pero... Joder, hay que seguir corriendo aunque la rodilla me esté matando. Espera... Quizás no sea la rodilla, parece un ligamento que ata la rodilla derecha con el tobillo derecho. Está tensado como una cuerda de guitarra que está a punto de ser tocada. Quizás se rompa. ¿Te despides? No tengo esa intención, no todavía. ¿Por qué corres? Es verdad que no lo sé pero algo me dice que corra. ¿A qué le temes? Piensa, piensa, a qué le puedes temer. No te olvides de seguir corriendo. Sabes que el futuro te aguarda pero sigues corriendo. Sigo corriendo. Abandona

  Sigo respirando, sigo corriendo. El pasado siempre termina atrapando al futuro por pura rutina. Despedidas... Ya, no quiero despedirme. ¿Miedo? Sí, tengo miedo. ¿A las despedidas? No... Tengo miedo a no volver a verla, a no ser capaz de sentarme con ella y tomar café, a que su sonrisa se disipe en unos recuerdos amontonados en un trastero abandonado por mi yo interior. Tengo miedo a dejar de vivir, a abandonar y a no poder volver atrás y cambiar mi pasado. Tengo miedo a perder. 

¿Por qué corres?

Porque si no corro ahora... ¿Cuándo lo voy a hacer?
Dibujo de Inio Asano del manga Solanin.